Escrito por: Antonio Pippo
De Montesquieu se puede decir mucho, tal el volumen y profundidad de su pensamiento y de su obra. Pese a su origen aristocrático, terminó imaginando una descomposición en vectores de la fuerza de la autoridad, de modo que se compensasen entre sà y produjeran una suerte de equilibrio dinámico.
He allà la esencia de la división del poder en ejecutivo, legislativo y judicial, base del sistema democrático.
La diputada Nora Castro, en un reportaje que le hice meses atrás, dijo: “En este paÃs, afortunadamente, Montesquieu todavÃa vive y lucha”. Se referÃa entonces a un eventual veto presidencial a la proyectada ley de salud reproductiva; pero, en realidad, estaba dejando claro que siempre puede haber desencuentros y hasta roces entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, aunque tanto aquél como la mayorÃa parlamentaria pertenezcan al mismo partido. Esa es la esencia de la democracia tal cual fue diseñada por Montesquieu en el siglo XVI y que, por suerte, aún perdura.
Vinieron a mi mente estos recuerdos, un tanto desordenados Âcosa que el lector puede adjudicar a mi edad o a mi torpeza sin pensar que me ofende-, al conocer por versiones de prensa que el presidente Vázquez, durante un reciente cónclave de gobierno, habrÃa instado a los legisladores oficialistas, amable pero firmemente, a que “se pusieran las pilas”. Si asà hubiera sido, parece la gráfica expresión de un hombre pragmático y muy ejecutivo, un tanto inquieto por la demora en la sanción de unas cuantas leyes que considera necesarias.
Se me ocurre que, en circunstancias como esta, cuando incluso las cosas van en general en buena dirección, no es ocioso releer a Montesquieu, recordando, de paso, que en su expresión parlamentaria el oficialismo es más una coalición que un clásico partido polÃtico. SerÃa interesante, casi un desafÃo, pensar más en términos de relaciones que de causalidades mecánicas, tal como vienen haciendo los chinos sabios desde la fundación del taoÃsmo. *
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