Montesquieu
De Montesquieu se puede decir mucho, tal el volumen y profundidad de su pensamiento y de su obra. Pese a su origen aristocrático, terminó imaginando una descomposición en vectores de la fuerza de la autoridad, de modo que se compensasen entre sí y produjeran una suerte de equilibrio dinámico.
He allí la esencia de la división del poder en ejecutivo, legislativo y judicial, base del sistema democrático.
La diputada Nora Castro, en un reportaje que le hice meses atrás, dijo: «En este país, afortunadamente, Montesquieu todavía vive y lucha». Se refería entonces a un eventual veto presidencial a la proyectada ley de salud reproductiva; pero, en realidad, estaba dejando claro que siempre puede haber desencuentros y hasta roces entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, aunque tanto aquél como la mayoría parlamentaria pertenezcan al mismo partido. Esa es la esencia de la democracia tal cual fue diseñada por Montesquieu en el siglo XVI y que, por suerte, aún perdura.
Vinieron a mi mente estos recuerdos, un tanto desordenados cosa que el lector puede adjudicar a mi edad o a mi torpeza sin pensar que me ofende-, al conocer por versiones de prensa que el presidente Vázquez, durante un reciente cónclave de gobierno, habría instado a los legisladores oficialistas, amable pero firmemente, a que «se pusieran las pilas». Si así hubiera sido, parece la gráfica expresión de un hombre pragmático y muy ejecutivo, un tanto inquieto por la demora en la sanción de unas cuantas leyes que considera necesarias.
Se me ocurre que, en circunstancias como esta, cuando incluso las cosas van en general en buena dirección, no es ocioso releer a Montesquieu, recordando, de paso, que en su expresión parlamentaria el oficialismo es más una coalición que un clásico partido político. Sería interesante, casi un desafío, pensar más en términos de relaciones que de causalidades mecánicas, tal como vienen haciendo los chinos sabios desde la fundación del taoísmo. *
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