¿Quién es el intransigente?
O quizá ese sentimiento no está en el fondo sino más bien en el frente, ahí, a flor de piel, dispuesto a manifestarse no bien aparece una circunstancia propicia. Y claro, qué mejor oportunidad tenemos ahora que la que se ocupan de brindarnos generosamente los piqueteros y el gobierno argentino.
No sé si el lector recordará que en aquella contratapa a que hago referencia expresaba mi rechazo a la argentinofobia y mi solidaridad con un pueblo hermano que nos quiere y nos respeta y que, además, ha sido capaz a lo largo de su historia de grandezas y heroísmos ejemplares. Contradictorio –como cualquier hijo de vecino– también ha dado muestras de nacionalismo exacerbado y de patrioterismo ramplón y trasnochado. Del mismo modo que ha parido grandes hombres y mujeres –artistas, pensadores, músicos, poetas, científicos– también ha engendrado seres execrables, guarangos, mezquinos y vulgares. Declaro mi más profundo desprecio por la farándula y la chabacanería, del mismo modo que mi odio visceral hacia Onganía, López Rega, Videla y tantos otros siniestros personajes. Pero debo confesar que admiro a Borges, a Cortázar, a Sabato, a Cadícamo, a Homero Manzi, a Troilo, a Fiorentino, a Edmundo Rivero, a Les Luthiers; a Ernesto Guevara y a todos los anónimos protagonistas de rebeliones memorables, que inclinan la balanza a favor de ese gran pueblo y lo redimen.
Ahora bien, los hechos recientes parecen querer contradecirme. Sin que esto signifique una retractación pública de mi inocultable argentinofilia, debo reconocer que mientras trato de defenderlos y rescatarlos, ellos se ocupan obstinadamente de proporcionar argumentos para abonar la argentinofobia de los uruguayos. Cuando digo «ellos», no estoy hablando de todos los argentinos, que conste. Pero ocurre que los vecinos de Gualeguaychú, tan sensibles a la preservación del medioambiente que parecen dispuestos a emplear todos los medios para defenderlo e impedir que se instale la empresa pastera en nuestro territorio, son actualmente la imagen visible de la Argentina. Y para colmo de males, su causa es respaldada oficialmente por el gobierno provincial y el federal.
¿Qué oscuras razones se esconden detrás de esa postura agresiva e irracional de los ambientalistas? ¿Qué inconfesables propósitos abrigan el gobernador de Entre Ríos y el gobierno federal, ellos sí verdaderamente intransigentes?
Confieso que no tengo respuesta a tales interrogantes. Pero es innegable que se ha hecho de la instalación de Botnia en Fray Bentos y del conflicto con Uruguay una causa nacional argentina. Y ya sabemos cómo una circunstancia de estas puede exacerbar los ánimos y alimentar ese patrioterismo prepotente. Por lo pronto, los mal llamados «ambientalistas» de Gualeguaychú, una suerte de iluminados ayatolás, parecen dispuestos a librar una guerra santa contra Satán-Botnia y han radicalizado su posición; interrumpen el tránsito y, no contentos con eso, amenazan veladamente con medidas más drásticas. A pesar del dictamen del Tribunal Arbitral del Mercosur que hizo lugar a la denuncia uruguaya por los cortes de rutas, el gobierno argentino se limita a rogar tímidamente a los piqueteros que depongan su actitud; pero no por razones legales (los cortes de rutas violan flagrantemente normas internacionales y regionales), sino simplemente porque entiende (al fin se dio cuenta) que los piquetes resultan contraproducentes a la causa pues perjudican la posición argentina en el litigio. Pero claro, estos buenos gualeguaychuenses fueron muy manijeados para instalar los piquetes; desde el gobierno –provincial y federal– no sólo se los toleró sino que se los estimuló. Entonces ahora el gobierno de Kirchner se parece al aprendiz de brujo, incapaz de detener la maquinaria que puso en movimiento.
No sé hasta dónde podrá llegar esta estrategia que conduce a cerrar las posibles vías hacia la solución del conflicto. La soberbia nunca ha dado buenos resultados; sobre todo cuando pretende ocultarse tras una supuesta firmeza aparente, como una señal a los ciudadanos diciendo «no vamos a aflojar», denotativa de un espíritu triunfalista totalmente fuera de lugar.
Pero independientemente de todas estas consideraciones, lo que realmente me mortifica –además de que con esta actitud Argentina justifica el rechazo que manifiestan los uruguayos– es que la postura de Kirchner, tan alejada de toda lógica y de toda razón, ha dado un nuevo motivo a quienes lo vienen detractando desde que asumió. Esta actitud inamistosa hacia el Uruguay está opacando peligrosamente todo lo hecho por Kirchner: su decidida voluntad de castigar a los terroristas de Estado, su postura antiimperialista, sus medidas progresistas, su latinoamericanismo. Y no tolero ver cómo disfruta la clase conservadora uruguaya que siempre lo odió; creo no equivocarme si digo que el odio que le profesa la derecha uruguaya es casi tan fuerte como el que manifiesta por Chávez.
En consideración a todo esto, teniendo en cuenta todo lo que nos une y todo lo que tenemos en común, es que me permito exhortar al amigo Néstor a reflexionar serenamente y a trocar intransigencia por sensatez. Me cuesta creer que pueda más una patota de patanes, fundamentalistas de una mal entendida ecología, que un presidente cuyas condiciones de líder político y popular están fuera de discusión.
Dale, Néstor, si te animás a cambiar, me comprometo a abogar en favor del origen francés de Gardel; y llegado el caso, soy capaz de sostener que nació en la Boca.
Eso sí, si no te portás bien, me encargo de probar que Maradona nació en Vichadero y Perón, en Cerro Largo. *
(*) Periodista
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