La columna amarilla

Delírium iraquí

Suena el teléfono. Es de madrugada. Condolita, con un movimiento de caderas, corre al iraquí que tenía encima y atiende, molesta.

-¿Quién carajo me corta la inspiración a esta hora?

-¡Condolita! ¡Soy yo, Jorgito…!

-¿Jorgito? ¿Qué…? ¡No me digas que me vas a dar el raje como a Donaldito!

-¡No, al contrario! ¡Tenés que ayudarme! ¡Lo tengo acá adentro, me está persiguiendo!

-¿En la Casa Blanca? ¿Quién, tu mujer? ¿Donaldito?

-No, ¡qué mujer ni Donaldito, si se rajó hasta la mucama. ¡Saddam, digo! Yo sabía… ¡Con estos demócratas culo rotos aflojando la cuerda! ¡Se escapó de Bagdad! ¡Te juro que lo vi!

-Jorgito… ¿Otra vez te papaste una Jack Daniels?

-Bueno, alguna copita… ¡Pero no, no es eso! Mirá, se están moviendo las cortinas, hay sombras, veo la imagen… ¡Vení, Condolita, traé un AK 47, llamá al SWAT! ¡Dale que me cago…!

-Ta’bien. Llego en veinte minutos. ¡Pero andá soltando la botella, pelotudo!

En el tiempo previsto, Condolita llega, entra al enorme, majestuoso y solitario lugar y ubica a Jorgito guiándose por el castañeo de los dientes del hombre más poderoso de la tierra, acuclillado detrás de un sofá.

-¡Creo que no está solo, Condolita! ¡Debe haber venido con Bin Laden!

-¡Dejate de joder, si a Bin Laden lo matamos hace como cinco años y era de los nuestros!

-Será su espíritu…

-Ta’, calmate… ¡Pa’ qué aliento a whisky! Claro, estarás viendo hasta dinosaurios…

-¡No! ¡Es él, Saddam! ¡Mirá, ahí está, mirá el vidrio del barcito…!

Condolita mira, se acerca, vuelve a mirar y luego regresa donde Jorgito, moviendo la cabeza de un lado a otro.

-Pensar el interruptus que me obligaste a hacer…

-¡¿Qué?! ¡¿No me creés?!

-Lo que se refleja en ese vidrio de mierda es el televisor que tenés prendido…

-Ah…, mirá vos… ¡Sadamm está en la tele!

-No, Jorgito. Es Homero Simpson…

-¿Quién…? ¡¿Y estará armado?!

-Peor. Anda con un megáfono y una pancarta que dice «I love Hillary»… *

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