Escrito por: ANTONIO PIPPO
La identificación del rey con una divinidad se remonta a las religiones mesopotámicas, cuando entre los sumerios se consideraba a la realeza como una institución descendida del cielo. En esa época habÃa una peregrinación cuyo último acto, con el rey personificando al dios, “determinaba las suertes”, creando el año y asegurando la fortuna del nuevo mundo que nacÃa.
He recordado esta tradición al reflexionar acerca del Rey Juan Carlos de España, que pondrá su prestigio en juego para lograr que Argentina y Uruguay dialoguen y resuelvan su actual controversia por las papeleras.
Claro, la humanidad ha cambiado. Si bien muchos creen en Dios, probablemente nadie vincule con el Padre, el Hijo Âque ya vino y se sacrificó por nosotros-, o el EspÃritu Santo a este corpulento monarca, bonachón y generoso, de rojizo rostro y palabra amable.
Pero le han susurrado al oÃdo “haz un milagro”.
¿Qué más se le puede pedir a Uruguay después de aceptar la exigencia argentina de un laudo de la Corte de La Haya y de haber ofrecido hasta el hartazgo un control cientÃfico compartido de las plantas?
En cambio, ¿conseguirá que Kirchner postergue su interna polÃtica y su compromiso con la corporación que lo respalda? ¿Será capaz de persuadir a los piqueteros entrerrianos, que ya han alzado el grito de “el rey sÃ, Botnia no”?
Y es al llegar a este cruce de caminos cuando un escalofrÃo me empieza a recorrer el cuerpo.
No advierto más que dos puntos posibles de inflexión. O el hombre de la mirada dicotómica regresa a la racionalidad o se convence a Botnia de hacer lo que RodrÃguez Zapatero obtuvo de ENCE. Y esto, aunque a Uruguay le puedan obligar a comerse semejante garrón, serÃa como violar en reiteración real, dentro de la concurrencia, a la razón y a la dignidad.
Oraré por las mañanas. Quizás, al fin y al cabo, don Juan Carlos logre que Kirchner recapacite.
Entonces, al menos para mÃ, no será Dios pero me convencerá de que Mandrake no era un héroe de historieta. *
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