Escrito por: ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO
CorrÃa la década de los años cincuenta y el tÃo Ramón llevaba ya muchos en Uruguay desde que con mi abuelo vino en busca de trabajo.
Les habÃa ido bien y, con el sudor, fueron trayendo, desde 1910 en adelante, a mi abuela y a sus otros siete hijos e hijas entre las que vino mi padre con mi madre que arrebujaba en sus brazos a mi hermana mayor recién nacida. En total trece personas (porque con una tÃa vino también su marido).
Melgar de Arriba, Tierra de Campos, Valladolid, y hasta España eran lugares, para nosotros, los que fuimos naciendo en Montevideo, de fábula.
Gracias a esa peripecia, hoy lo sé, en la escuela tuve muy pocas faltas de ortografÃa.
Asunto sorprendente para mis maestras y compañeritos: yo sabÃa qué palabra iba con “c” y, proeza insuperable, con “z”.
Hazaña ciclópea para un niño en un paÃs donde todas ellas vienen con “s”.
También llegaba a saber  nadie imaginaba cómo  cuáles iban con “ll” donde todas las palabras, absolutamente, van con “y” que, para colmo, se pronuncia “sh”.
Lo insuperable fue, años más adelante, la mágica facultad de saber conjugar verbos sin aprender, de memoria, cuándo debe decirse “sabéis” y cuándo “vosotros”. Palabras estas absolutamente en desuso en toda la cuenca del RÃo de la Plata que es la mayor del mundo. Tanto como la sencilla palabrita “tú” (que acá es “vos”).
La segunda persona del singular y del plural, en todas las conjugaciones verbales es, hoy mismo, un endiablado problema en estos lares.
Acá se dice: “vos comés” y “ustedes comen”. Jamás: “tú comes” o “vosotros coméis”.
Yo lo sabÃa sin llevarlo anotado en un papelito para leerlo sin que los profesores vieran. Como hace todo el mundo. Faltaba más…
En mi casa mamaba el idioma intacto. Importado “de origen”. Como ciertos aceites de oliva.
Mi padre y mi madre escribÃan mal pero hablaban bien.
Los Presidentes de estos paÃses escriben bien –de memoria  pero verás que hablan horrible.
El idioma llora y, tengo para mÃ, que ante ciertas avalanchas, importa consolarlo cuanto antes.
Lo cierto es que el tÃo Ramón, decano de la familia después de mi abuelito, habÃa ido postergando su visita a Melgar teniendo recursos y muchÃsima gana de hacerlo.
Como casi todos postergamos hoy, esa cantidad de promesas que nos hacemos y, al fin, como decÃa Lennon, “la vida pasa mientras estamos ocupados en otra cosa”.
Era yo muy niño pero igual lo supe: el tÃo Ramón estaba gravemente enfermo. Los mayores creÃan que los niños no sabÃamos pero los niños, simulando no saber, le hacÃamos creer a los mayores que no sabÃamos, pero sabÃamos.
Hoy sé que Ramón era todavÃa joven cuando ese cáncer le cayó implacable.
Hasta hoy, en mis oÃdos, medio siglo después, llegan nÃtidos, los golpes interminables de la cuchara en el plato.
Ya perdida la razón, y cada dÃa mas flaco, y chiquito, el corpulento tÃo Ramón, pasaba horas en su mecedora, golpeando un plato con su cuchara, pared por medio de mi casa.
–¿Qué es eso TÃo?– le pregunté un dÃa, a solas.
–Son las campanas del pueblo– me informó sonriendo plácidamente.
–¡Qué lindo que suenan!– le dije convencidÃsimo. Tanto como él.
Quiera San Bartolo, y lo quiera en estos dÃas que se avecinan, que los mozos hagan voltear de alegrÃa las campanas de Melgar de Arriba para que su tañido potente llegue a todos los Ramones y Ramonas que siguen acá.
Mi madre me enseñó desde que tengo memoria, a besar el pan cuando lo tirábamos con mucho cuidado, como si estuviera vivo, en la basura. Yo no la entendÃa y ella al principio solo me decÃa:
–Tú qué sabes hijo.
Y un mi amigo compañero de trabajo de los gallegos que llegaron a lo último, equivocados, buscando un paÃs que ya empezaba a dejar de ser lo que fue, cuando le pregunté por qué se habÃa venido, se quitó la camisa y me mostró el hombro donde los troncos le habÃan dejado para siempre unas horribles marcas. No me dijo ni una palabra porque le temblaba la barbilla al ver mis ojos desorbitados. Era duro como los árboles que le pusieron esas charreteras de Mariscal del trabajo pero casi no podÃa hablar de su Patria por los malditos nudos que le apretaban la garganta. En esos casos cambiábamos la conversación y solÃa convidarme con un aguardiente que hacÃa en su casa con orujo: un fuego que quemaba nudos y le metÃa en el pecho un pedazo de su aldea fabricado en un apartamentito montevideano.
Hace poco, una tarde de Nochebuena, cierta viejecita me detuvo en la calle y hablando en gallego me preguntó, con evidente locura, dónde vendÃan las castañas. Costó muchÃsimo tratar de explicarle que no habÃa castañas calientes, ni frÃas, en las esquinas de Montevideo y que ella estaba en Montevideo.
Cuando estuve muy preso, desahuciado dirÃamos, le dije a mi madre ya vieja, en una de las pocas visitas que la dictadura la dejó tener conmigo, que se volviera para Castilla.
–Tu papito está enterrado aquÖ me contestó.
Pero unos años después, ya liberado yo y en su lecho de muerte ella, me dio un gran rezongo:
–¿Y tú qué haces en Valladolid? ¡Vete a la trilla!  Y me fui nomás, obedeciéndola, a la trilla de mi madre por calles montevideanas.
En horas de Guerra Civil muy dura allÃ, los derrotados fueron recibidos acá como vencedores y en su casa. ¡Y vaya si aportaron al trabajo, a la ciencia y a la cultura de mi paÃs!
Pero también en horas inmediatas de bloqueo para la España de Franco, cuando esos pueblos necesitaron pan, desde este estuario salió contra viento y marea, todo el trigo necesario. A pagar cuando se pudiera.
Pues bien: como surge de lo anterior, soy ciudadano español. La aldea de mis padres (Melgar de Arriba, Provincia de Valladolid) tiene sin embargo y a pesar de todo, senador en Uruguay.
Todo lo que trajeron mi padre y mi madre cuando llegaron fue una hermanita mÃa recién nacida y un baulito:
–Acá vino –decÃa ella– todo lo que tenÃamos.
Nunca imaginé que pasados unos cuantos años el baulito volviera a su lugar de origen con la nieta y el biznieto recién nacido de mi madre, y mucho menos que no lo dejaran volver a su casa por falta de algún papel.
El pobre baúl no debe entender nada porque hay cosas en esta vida que no se entienden. Estamos desorientados. Jamás lo hubiéramos esperado.
Fraternalmente: tu paisano de Uruguay. *
(*) Senador nacional
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