Como un militar
En su comportamiento habitual, los militares exhiben una suerte de rigidez de conducta y cierta impostación física, probablemente inyectadas por la formación recibida y el empaque natural del uniforme. Y pese a que así ha sido siempre, estas características, que incomodan o alejan a los ciudadanos comunes, nunca fueron un problema para la convivencia en la sociedad uruguaya.
Salvo, claro, cuando a los militares les tentó sumar la arrogancia y la ambición de poder. Eso, que ha ocurrido de modo cíclico aunque irregular, y casi siempre respondiendo a tendencias externas, les empuja entonces, gozosamente, a dar golpes de Estado e instaurar dictaduras.
Desde 1985 todos nos hemos acostumbrado a un manejo, ¿cómo decirlo?, sutilmente diplomático de la relación entre el poder político que precisamente representa, o debería hacerlo, a los ciudadanos y los militares. Cada Presidente, más allá de su estilo, movió piezas en la sombra luego de calcular frágiles equilibrios. El mensaje no explícito que recibimos todos, creo fue algo así como «es mejor la prudencia, la negociación, un patriótico espíritu concesivo». No fuera cosa que los verdosos tigres sintieran la compulsión de regresar. En palabras de David Viñas, que se refería a su Argentina pero no importa, es «la incapacidad creativa, poética de los políticos de conjurar de una vez las amenazas permanentes». Que, dígase con claridad, suelen ser vidrios de colores y no las piedras preciosas que parecen.
De una manera elíptica, freudiana hasta la exasperación y, quizás, la desesperación, los políticos olvidaron que para resolver «las amenazas permanentes» debían actuar y no es paradójico como militares. Mejor dicho, como militares respetables.
Tener claro el objetivo, trazar la estrategia adecuada a la realidad, observar las reglas y ejercer el mando hasta sus últimas consecuencias.
Es lo que ha hecho ahora el presidente Vázquez, al designar al nuevo Comandante en Jefe del Ejército. *
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