Atraer turistas con inteligencia e imaginación
En Europa hasta las naciones más ricas no pueden descuidar su industria turística. Inglaterra depende de los visitantes americanos para balancear sus libros contables. España recibe millones de europeos nórdicos cada verano. Igual el resto de los países de la Unión Europea.
Uno podría decir que los europeos tienen suerte. Algunos de ellos están sentados sobre miles de años de historia, otros hasta garantizan las horas de sol diarias.
En Uruguay atinamos a gritar que tenemos mala suerte porque nuestro país sólo tiene 150 años de viejo, en invierno hace frío y en el verano llueve día por medio.
Pero cabe recordar que los dos exponentes más famosos de la cultura parisina son relativamente nuevos: la torre Eiffel (1889) y la pirámide del museo Louvre (1989), esta última ampliamente difundida a través de la película El Código da Vinci.
Queda probado entonces que soluciones para atraer turismo internacional pueden alcanzarse con imaginación e inteligencia. La única condición es ser originales y saber donde poner la plata.
Analizar la industria turística uruguaya es interesante porque, comparada con la agropecuaria, precisa de un enfoque más trabajado. Mientras que productos exportables como la carne y otros rubros agrícolas satisfacen una necesidad básica del hombre (el hambre) la explotación de la industria turística está dirigida hacia una necesidad distinta de la raza humana: el entretenimiento y el goce.
La venta de la actividad turística es mucho más sofisticada que la agropecuaria porque no es fácil extraerle dinero a la gente, sean uruguayos o extranjeros. Por más plata que tengan, siempre hay que ofrecer algo inspirado a cambio.
Durante décadas los uruguayos pensamos que bastaba con sol y playas. El «motor» oficial fue y es «País Natural», que es lo mismo que decir «aquí no sabemos pensar porque no tenemos plata, si la tuviésemos, ni playas nos quedaban». A lo que muchos agregarían: «Si pudiésemos apagar el sol, también lo apagábamos, para alquilarlo o venderlo a quien lo sepa usar».
El ejemplo más claro se encuentra en la ciudad de Montevideo. Durante los últimos cincuenta años se destruyeron las casas de fin de siglo, construidas durante la época de oro del país, con los materiales más caros, por los arquitectos más talentosos, siguiendo las modas estéticas mundiales.
Casi sin darnos cuenta, casona tras casona cayó víctima de la plata fácil. La cúpula dirigente nacional durante décadas destruyó aquello que, de haberse preservado, hubiese constituido hoy la anhelada ‘mina de oro’ que atraería turistas del mundo entero. La perla de aquel hermoso collar de fin de siglo fue, sin duda, la zona de Pocitos. Hoy es solamente un triste recuerdo que sólo podemos apreciar en fotos rayadas, antiguas, en blanco y negro.
Si gobiernos blancos y colorados hubiesen preservado hasta dos cuadras de la costa los mejores exponentes de la cultura balnearia de Montevideo, es posible asegurar que turistas de todo el mundo estarían colmando los hoteles montevideanos el año entero, para disfrutar de una de las zonas más hermosas del mundo. El barrio antiguo de Colonia ofrece un atisbo de lo que podría haber llegado a ser la veterana Pocitos.
Ahora basta ver simplemente el resultado de sucesivas oleadas especuladoras edilicias para concluir que alguna vez pudimos tener una zona que rivalizara con las mejores joyas del Mediterráneo. En cambio, no queda ni un solo exponente costanero del viejo Pocitos. Dudamos que los turistas universales se acerquen a su rambla para ver los edificios que hoy ocupan el mismo lugar. Probablemente la Ramírez y la playa Carrasco tengan más chance de ese atractivo.
Pero llorando la milonga por lo que se perdió no vamos a encontrar la nueva solución. Al Uruguay no le queda otra alternativa que identificar los elementos más mundialmente excepcionales de su cultura y ofrecerlos al mundo. Todavía nos queda el tango, la murga y el candombe. Los tres son sin duda auténticos exponentes originales en cualquier parte del mundo. Hay que oxigenarlos y proyectarlos como parte de nuestra cultura viva y única.
Otros dos factores importantes que confunden a la inteligencia y la imaginación en forma negativa y que vale la pena destacar son la corrupción y la obsesión ideológica.
Ambos son muy difíciles de cuantificar. Pero al cabo de 50 años sus efectos ya no se pueden esconder. Solo resta ahora buscar a los culpables y nombrarlos, como en tantos otros aspectos de nuestra historia reciente.
Es la ganancia de todos los que tienen la mano en la lata. Esto hace que se confirmen solamente las obras que se puedan comisionar hacia los sectores interesados. En su mayoría son abogados, contadores e ingenieros. Cabe hacerse una simple pregunta: ¿dónde estaban los artistas, los visionarios y los rebeldes? Siempre supimos donde estaban, sólo había que ir a buscarlos.
Que quede bien claro una cosa: el trabajo de los burócratas es presupuestar y organizar. Los creadores sólo pueden ser los artistas.
La «obsesión ideológica» es igual de complicada. Esta tiene que ver con la plataforma política de los gobiernos de turno. El daño es incalculable, porque su práctica anquilosa la libre determinación imaginativa. Por ejemplo, ¿hay algún problema ideológico, en transformar algún sector de la ya destruida Punta del Este en un centro internacional de entretenimiento todo el año? Con capitales privados, facilidades inversoras, sin corrupción y con impuestos, el Estado sería el crupier que más ganaría en la empresa, sin gastar un peso suyo. Con una única condición: utilizar mano de obra y presentar cultura uruguaya. Si alguien tiene una idea mejor, debería conocerse.
Lo que atrae turistas es la imaginación de un pueblo y su alegría de vivir y gozar. Lo que mata el turismo son las dictaduras, la chatura y el oscurantismo. *
(*) Corresponsal en Londres
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