Autoridad
La autoridad existe para ser ejercida. En una sociedad democrática es necesario que ese ejercicio respete la ley, el derecho y la sensatez.
El Presidente de la República ha relevado de su cargo al comandante en jefe del Ejército. Hizo ejercicio de su autoridad y respetó la ley, el derecho y, sobre todo, la sensatez. El teniente general Díaz no es un distraído; sabe que debió pedir autorización para hacer lo que hizo, tanto como sabía que iba a pasar lo que pasó. Pero prefirió provocar el hecho, acatar el relevo y decir, enigmáticamente, «la lealtad no paga». ¡Vamos, Díaz! ¿Lealtad con quién? Usted sabe mejor que yo, que entre mis frustraciones sólo guardo no haber sido músico, no militar, que en su entorno -tan rígido, tan compuesto, tan vertical- por cuestiones mucho menores se descabeza a cualquiera.
-¡Firme, oficial! ¿Adónde carajo fue, que no estaba en el despacho?
-¡A orinar, mi comandante!
-¿Pidió permiso?
-Es que agarré frío en la vejiga y me estaba meando…
-¡Un mes de arresto a rigor, sin baño y con escupidera!
¿Lealtad con el Presidente? ¿Juntando dirigentes blancos y colorados para hablar a escondidas «de la situación»? ¿Cuál, Díaz?
¿Y qué de la responsabilidad de la oposición política? Cuando cuestiona la medida presidencial, calificándola de arbitraria, excesiva o innecesaria, también está haciendo un ejercicio, claro que no de autoridad; puede ser de sofistería, de especulación o y preferiría creer que no llega a tanto de simple mendacidad. Resulta inaceptable, ofende la inteligencia ajena, sugerir que la reunión de un hombre político como Sanguinetti con el relevado comandante fue algo así como un asado entre amigos para hablar de Peñarol.
-Julio, lo de Damiani no da para más ¿no?
-Y, Carlitos, vendría bien arreglar con el Paco…
-Sí, pienso igual. La semana que viene le pregunto a Larrañaga y al Cuqui…
¡No jodan, che! ¿Cuál es la necesidad, digo yo, además de poner piedritas para que tropecemos todos, de tomarnos el pelo? *
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