Brasil

La democracia es mayor que cada uno de nosotros

Una elección no es una lucha entre el bien y el mal. Es una comparación. En el segundo turno de las elecciones presidenciales en Brasil del 29 de octubre próximo, yo votaré por el presidente Lula porque según mi punto de vista, su gobierno ha mejorado este país.

Lula recibió un país en el que se aplicaba una agenda dictada por la derecha que reducía casi todo a la política económica, más precisamente a la política monetaria y fiscal. Brasil incumplía las metas presupuestarias establecidas, ni siquiera disponía de dinero para pagar los viajes de sus ministros y con un moneda devaluada encaraba una tasa enorme de riesgo-país.

Por el contrario, el gobierno de centro-izquierda ha sido capaz de apaciguar la economía, de bajar el riesgo-país, de aumentar las exportaciones e, incluso, de cumplir con una agenda económica que no era su prioridad sino la de «los mercados», y lo hizo sin acudir a privatizaciones ni a despojar el patrimonio público.

Más aún: Lula introdujo en la política brasileña, en modo definitivo y con éxito, una agenda social importante. Según María Inés Nassif (Valor Económico, 24/8), el mayor rigor en programas como la Beca-Familiar o los del Ministerio de las Ciudades, «eliminó la intermediación en el voto de la población pobre, que antes pasaba por el jefe local». Si esto es cierto, significa que no hay paternalismo en la actual política de promoción social. No hace falta inventar que Lula se proclamó «padre de los pobres». Algunos periodistas dicen eso, pero nunca informan cuando el Presidente habría empleado un lenguaje tan contrario a sus creencias para referirse a sí mismo. Todo, pues, indica que hoy hay menos paternalismo que antes.

En curioso notar que cuando se inundaba de dinero al gran capital (créditos a bajo interés para privatizar empresas estatales) la opinión dominante lo consideraba un progreso, mientras que ahora que se dá dinero a los pobres para que se alimenten y se vistan mejor, la misma opinión dictamina que el dinero en manos de los pobres no es productivo.

No estoy de acuerdo, porque quiero una sociedad democrática. Esto significa, en primer lugar, el fin de la miseria y la reducción de la desigualdad social.

No se divisa en el horizonte político brasileño una fuerza mejor que el candidato de centro-izquierda para promover ese salto cualitativo. La izquierda ha probado su capacidad de mejorar las condiciones sociales manteniendo una temperatura baja de conflictos, al contrario de lo que aseguraban sus detractores.

El país no se incendió. El balance de este gobierno es positivo: la cuestión social está siendo bien orientada. Veamos ahora la cuestión ética.

En el gobierno actual la Procuradoría General no archiva los procesos, la Policía Federal actúa y las Comisiones de Investigación del Parlamento (CPIs) funcionan. Compárese con la situación en San Pablo, gobernada por el principal adversario de Lula, quien impidió el funcionamiento de 60 CPIs en el parlamento local y dejó una política de seguridad prepotente e ineficaz y una política educativa que no es de las mejores. Si una elección es una comparación, no veo en el gobierno paulista de Alckmin una superioridad ética sobre el de su rival Lula.

Con todo, hay satisfacciones que el gobernante Partido de los Trabajadores (PT) le está debiendo a la sociedad. Los escándalos demuestran que el PT es un partido más «normal» de lo que se imaginaba. La humildad no es nociva. El PT tiene sus defectos. Tiene cuentas pendientes con Brasil. Tiene que hacer una fajina interna y castigar a quienes han errado. Pero aún así, ha conseguido gobernar mejor que los otros partidos. Y sería bueno que todo el país hiciera un examen de conciencia. Con la actual financiación privada de las elecciones la puerta deja pasar negocios dudosos. En el 2007 deberíamos priorizar la reforma política, con la exigencia que los elegidos no puedan dejar el partido que los designó, condiciones más equilibradas de financiamiento y tal vez hasta el voto por distrito.

Una elección no es una guerra. Mañana, como siempre, tendremos que convivir, los que votamos por Lula y por otros candidatos. Este es el segundo punto sobre el cual destaco mi opción por una sociedad democrática. Democracia significa respetar la opinión de los demás. En las elecciones las personas se exaltan, pero es deshonesto deformar lo que dice el adversario. Mucho de lo que hoy se cuenta sobre el PT y sobre quien lo apoya, es una gran caricatura. Se trata de una mezquindad en la política, que debe ser una confrontación entre adversarios, no entre enemigos.

Este clima envenenado no nos ayuda en lo que más precisamos, no sólo los que nos identificamos con la izquierda, sino todos los brasileños: construir alianzas, trabajo conjunto, convergencias. La sociedad es más que la política. Brasil es más que sus partidos. Las pequeñas ambiciones no deben corroer nuestras oportunidades.

Podemos enfrentar la miseria, mejorar la educación y la salud, integrar a los excluidos. Creo que Lula es el más adecuado, hoy en día, para llevar al gobierno en esa dirección. Pero también pienso que este tiene que ser un proyecto de la sociedad y no tan sólo del gobierno. No estamos tercerizando la solución de nuestros problemas. Estamos eligiendo al más apto para dirigir un esfuerzo que es mucho mayor que cada uno de nosotros. *

(*) Renato Janine Ribeiro, escritor y profesor de ética y filosofía política en la Universidad de San Pablo.

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