No va por ahí
Si uno maneja a la defensiva -por la derecha y a una velocidad promedio de entre 45 y 60 kilómetros por hora- hará una comprobación conmovedora.
Hay dos causas principales de los accidentes de tránsito. Ninguna tiene que ver con el alcohol, por más que yo no niegue la incidencia de borrachitos y faloperos de variado pelaje en las estadísticas que tanto nos angustian. Tampoco tienen que ver con la velocidad, porque a veces causa más problemas cuando es poca.
Se trata de la impericia y la irresponsabilidad.
La impericia sobrevive por una irregularidad muy vieja: la entrega de libretas de conducir sin la exigencia debida, patología en la que incurren todos los municipios del país. Lejos de mí exagerar, pero postulo que alrededor del cincuenta por ciento de quienes andan por ahí, incluyendo conductores de ómnibus y taxistas, son incapaces de manejar con pericia.
La irresponsabilidad también es antigua y ha devenido cultura. Quienes la practican, con devoción digna de otra fe, son tribu numerosa: los que se distraen fumando o hablando por celular; los que escuchan radio inhibiendo el ingreso a sus oídos de todo otro ruido, incluso el que supone una advertencia; los que no revisan su vehículo y descuidan el mantenimiento; los que quieren llegar primero siempre, aunque no sepan por qué, y ocupan el carril que no deben, zigzaguean, pegan su trompa a la cola que antecede, omiten carteles, semáforos, cebras y lomos de burro y estacionan dónde, cuándo y cómo se les canta; y, en fin, los que pisotean el derecho ajeno, incluyendo otra vez y con ventaja de al menos medio pescuezo- a conductores de ómnibus y taxistas.
Está bien bajar el índice de consumo de alcohol permitido; está bien estampar en los envases de las bebidas alcohólicas «si bebe no conduzca». Pero se sabe que eso es una intervención parcial. Y se sabe cuál es alta cirugía requerida.
Ahora bien, ¿existe voluntad política para encararla? Porque es cosa de políticos, no de cirujanos. *
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