Demasi, Homero Viera y Pedro Bordaberry
Un historiador, un diputado y un ex ministro pertenecen al mismo denominador común: entraron en el prohibido y vedado sagrario de la Historia Reciente que «debe» permanecer intocable. Tabú.
Por distintas motivaciones y objetivos han cometido sendas herejías insoportables para el «Establishment» (agregar «colorado» sería una imperdonable tautología).
¡Pecado imperdonable! Han fisurado temeraria y tal vez inadvertidamente una espesa y densa «orden del silencio».
Y lo peor: lo han hecho desde los «tres» bandos.
Han cometido lo peor que se puede cometer en Uruguay: interrumpir la sebácea tranquilidad de la siesta. El sopor confortable y anestésico quirúrgico. El olvido manufacturado.
Pedro Bordaberry, ex ministro de Jorge Batlle, impetuoso candidato a la Intendencia de Montevideo y futuro candidato a la Presidencia de la República, sacándose las amables chancletas mostró, de botines con tapones, al Partido Colorado tal cual: aficionado al rugby desde antes de que se inventara.
Sus primeras y predilectas víctimas fueron por largo tiempo los blancos. Ahora lo somos todos.
Luego de Zona Urbana, fue ovacionado en la reciente Convención de su Partido… Unico lugar del mundo en el que no fue abucheado.
Hubo muy bajo nivel en la Convención porque los pocos colorados inteligentes que van quedando no le van a perdonar a Bordaberry, jamás, que fuera cristalino.
Porque ahora la juventud uruguaya tiene una idea aproximada, en vivo y directa. Y comienza a sospechar que a lo mejor Demasi tiene razón a pesar de la histeria que produjo.
Los colorados casi siempre han condenado cualquier tipo de revisión histórica: la historia la escribieron ellos. Es una «exclusividad».
Nobleza obliga reconocer que, por eso mismo, los blancos son más liberales en la materia. Han debido hacer, por siglos, ímprobos y riesgosos esfuerzos por tratar de poner las cosas en su lugar (sin éxito).
Es falso lo que se ha oído decir en estos días en el sentido de que la Guerra Civil de 1904 no llevó lodos de sus polvos al inmediato futuro.
Hasta el novel diputado Luis Alberto de Herrera fue duramente cuestionado en Cámara, varias veces, años después, «por haber llegado a ella en las puntas de las chuzas revolucionarias» (sic). Contestó henchido por un muy legítimo orgullo que «lo prefería a estar allí sentado en las bayonetas cuarteleras de los otros diputados».
Lo de hoy es igual que lo de ayer
Siempre tratararon de «asesinos» a todos cuantos levantaron un arma contra las suyas o las del Imperio de turno (perdón por la obvia redundancia): Artigas fue el primero; Oribe el segundo; Rosas el tercero y, así, sucesivamente hasta hoy.
A todos sus genocidas (Salsipuedes, Paraguay…) y asesinos contratados les labraron pingües jubilaciones, monumentos, avenidas, calles, plazas, departamentos (Flores, Rivera…) y, con letras góticas, panegíricos «historiográficos». Mientras, en las páginas de al lado, en bastardilla pero liquidadas con atraso por la misma Unidad Ejecutora, calumniaron e insultaron soezmente a los demás.
Al vil cagatintas Rivera Indarte llegaron a pagarle un libro a razón de un patacón por cada muerto que en él le encajara a Juan Manuel de Rosas y a Oribe. Es fama que cobró mucho, y de antología, en materia de maldad, ese hecho «literario».
Definitivamente: el Partido Colorado adolece de un severo síndrome de culpa que lo llevó al CTI con graves e insolubles problemas con la Historia que lentamente ha ido llegando a la vera de su lecho y espera pacientemente, guadaña en mano, que se detenga por falta de combustible el respirador mecánico que mantiene el esqueleto vegetativo por una de cuyas cuencas dicen que está creciendo un mustio malvón rosado.
No comprende que para huir de los leños que sopla con fruición en el parrillero del fondo su socio el Diablo (que quiere merendarlo a las brasas), debe rescatar su alma pagándole a la Historia lo mucho que le ha quedado debiendo.
Pero no quiere ni oír el chamullo misterioso que lo acorrala ni tampoco la metálica chaira del rigor de aquélla guadaña que lo espera inexorable y tan vecina. Mucho menos andar averiguando qué cosa es ese «algo» que le olfatea el féretro junto a la camilla.
Acaba de sancionar –hasta con la expulsión– a quienes realizaron ciertas pegatinas contra «el Z», a quienes malversaron fondos en variados lugares (y fueron descubiertos…) No ha sancionado a Bordaberry (a quien llevaron a la Presidencia de la República), a su senador Juan Carlos Blanco (ministro de Bordaberry antes y después del golpe de Estado, y senador bajo el primer gobierno de Sanguinetti a la salida de la dictadura), a Millor, cuyo conspicuo secretario fue (y tal vez siga siendo) el «Conejo» Ricardo Medina Blanco, hoy preso por horrendos crímenes…
Resulta paradójico que algunos de los autores materiales estén presos y que hoy, por boca de Bordaberry hijo, se intente exculpar al autor supremo, alegando, por ejemplo, que a Zelmar, al Toba, a Rosario, y a Whitelow los mató el Oso Paqui que, se le olvidó decir, esa misma noche anduvo buscando también a Wilson Ferreira Aldunate para lo mismo.
El mensaje es claro: deben ir presos (si es que alguien debe ir preso) los de abajo, pero jamás los de arriba.
Los que apretaron el gatillo y metieron la picana, pero jamás quienes los manejaban de guante eternamente blanco.
La Justicia no es boba: es obvio que Hitler no accionaba personalmente la palanca del gas en Auschwitz (para ese menester sobran en este triste mundo suficientes verdugos baratos).
«Un documento desclasificado por el gobierno de EEUU dice que Batlle apoyó en 1972 la idea de crear grupo «secreto» para combatir al MLN.
Washington (Gerardo Lissardy, Corresponsal).
El presidente Jorge Batlle apoyó en 1972 ante funcionarios de Estados Unidos (EEUU) la idea de crear un grupo «pequeño» y «secreto» para combatir la guerrilla tupamara «fuera de las autoridades legalmente constituidas», indicó un documento desclasificado del Departamento de Estado norteamericano.
Salvar al país
Bajo el título «La visión de la Lista 15 de sus futuras relaciones con una administración colorada», el documento «Airgram A-17″ fue fechado el 2 de febrero de 1972 y recibido por el Departamento de Estado dos días después. Sus cuatro páginas fueron clasificadas en la categoría de «confidencial», y la última fue firmada por Adair, quien sirvió como embajador de Washington en Montevideo entre 1969 y 1972.
Además, Batlle y Paz Aguirre indicaron que la 15 aceptaría cuatro ministerios en el próximo gobierno: Educación y Cultura para el entonces diputado Julio María Sanguinetti, Trabajo y Seguridad Social para el entonces subsecretario Julio Amorín, Obras Públicas para el entonces ministro Walter Pintos Risso, y Transporte, Comunicaciones y Turismo.
Paz Aguirre explicó a la Embajada que «la Lista 15 había sufrido políticamente por su cercana asociación con la estabilización impopular de 1968, y estaba determinada a evitar ser el «chivo expiatorio» por un esfuerzo similar que Bordaberry debe hacer».
«Como lo había hecho en anteriores conversaciones con nosotros, Batlle repitió que apoya atacar el problema terrorista con un nuevo, pequeño, secreto grupo que pelearía a los tupamaros en sus propios términos. Dijo que tal grupo tendría que ser establecido fuera de las autoridades legalmente constituidas», indicó el documento.»
(BUSQUEDA / Jueves 17 de julio de 2003. / Pág. 12)
Se trata, querido lector, del Escuadrón de la Muerte creado y actuante mucho antes de que Bordaberry disolviera el Parlamento. Bajo el gobierno «democrático» de Pacheco.
Sus tropelías son públicas y notorias.
Jorge Batlle no ha sido sancionado por el Partido Colorado. Ni tan siquiera con una «amonestación».
Esas y muchas otras «hazañas» están por acabar para siempre en esta madrugada. *
(*) Senador de la República. Escritor.
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