EN UN RINCON DE MONTEVIDEO, LA TRADICION SE TUTEA CON AROMAS DE UVAS Y BARRILES

La última bodega de la ciudad conserva la magia del sagrado ceremonial del vino

Don Antonio Rodio nació hace 82 años en la provincia italiana de Salerno. Llegó al Uruguay acunando sueños y esperanzas, con ganas de trabajar y «para hacer un poco ‘la América’…». Se instaló en la hoy callecita Carlos Roldán -ex Vesubio- 2236 y allí abrió las puertas de su negocio. «Yo fui quien comenzó -cuenta Rodio sentado tranquilamente a la entrada de su comercio-, después tuve socios; ahora sigo con ‘Traversa Hnos’ que son quienes trabajan para mí. Al principio yo también hacía el vino aquí, después quedaron los hijos de Traversa». En la tranquilidad de la bodega, aun cuando las mesas-barriles lucen pobladas de feligreses, sólo tintinean los picos de las botellas contra los vasos. «Siempre fue una bodega abierta al público, siempre recibiendo gente -explica don Antonio-. Yo sé que como este lugar no hay ninguno. Para mí, el vino es una bebida muy noble, es lo más grande que hay… Con un pan, una cebolla, un tomate y un litro de vino, trabaja todo el día». Rodio echó sus reales en el lugar y allí se afincó para siempre: «Empecé con estos mismos barriles (ahora como mesas) y elaboraba acá hasta el año 60. Desde el 51 hasta el 60. Como dice la estampilla todo el vino que se vende acá sale con la marca Rodio… Vienen clientes de todos lados, por suerte, porque tenemos que vender mucho. Se gana poco con la bebida, el cuarenta y ocho por ciento es para el Estado».

 

Cuanto más tinto mejor

La bodega abre sus puertas desde las 9 y media de la mañana hasta las dos y media o tres de la tarde, todos los días, inclusive los domingos. Don Antonio recuerda que vino «directamente de Italia para acá, con todos los papeles. Ya sabía que venía para Uruguay. Estábamos mejor en Italia que acá, vinimos para hacer un poco ‘la América’… y para escapar de la guerra. Pero no estoy arrepentido de haber venido ni me quejo, estoy bien… tengo mis hijos…» Quienes llegan a la bodega para comprar vino para llevar -en botellas o damajuanas- son atendidos rápidamente; en tanto, aquellos clientes que desean beber allí pueden también llevar su «picada propia». «Vendemos blanco, rosado y tinto -dice Rodio-; yo tomo un vasito de rosado de mañana, antes tomaba cuatro litros pero ahora mi hijo no quiere que tome tanto. Se vende un poco más el tinto que los demás… La mayor parte del vino la vendemos para llevar, es una bodega… Como dice el cartel ahí afuera ‘Bodega La Genovesa'; era el nombre que le pusimos con mis socios, que fallecieron todos, pero yo estoy vivo… yo tomo vino… El cartel quedó como testimonio». Desde algunas de las fotos colgadas en la pared, Carlos Roldán regala su eterna sonrisa. Rodio cuenta que «Carlitos Roldán llegaba aquí y después de dos vasos de vino cantaba, si no le daba vino no cantaba… él era de acá… Primero está Gardel, después Carlitos Roldán. Gardel, porque cantaba esas ‘canzonettas’ italianas que eran una maravilla. Lo escucho todos los días a las cinco de la mañana. Acá venían muchos cantores…»

Desde adentro de la bodega, al mostrador o sentado en los largos y cómodos bancos, es difícil para alguien que mira hacia la vereda, saber si es domingo, sábado o cualquier otro día de la semana. Parece que el tiempo se hubiese detenido en la vieja calle Vesubio, y la bodega de don Rodio se mantiene como baluarte de una ciudad que se resiste a perder su memoria. «Acá en esta calle, soy el número uno… no hay nadie con mi edad, soy el único de aquella época porque fallecieron todos y todavía quiero vivir cien años más…», dice sonriente «el señor de los vinos», mientras recordamos los versos de la «Oda al vino» de Pablo Neruda: «Amo sobre una mesa, / cuando se habla, / la luz de una botella / de inteligente vino. / Que lo beban, / que recuerden en cada gota de oro / o copa de topacio / o cuchara de púrpura / que trabajó el otoño / hasta llenar de vino las vasijas / y aprenda el hombre oscuro, / en el ceremonial de su negocio, / a recordar la tierra y sus deberes, / a propagar el cántico del fruto.» *

 

Antonio Rodio, el hijo

«Desde 1984 estoy acá con él, y estoy siguiendo lo de él… también le he ido cambiando un poco la carátula haciéndolo más a lo mío, ya es menos bar y hay mucha venta para afuera. Para eso el cambio de horario fue fundamental», dice Antonio Rodio hijo; tiene 48 años y es médico. «Hay clientes que hace años que no vienen y después aparecen. El otro día llegaron dos personas de España que querían ver si la bodega seguía igual, si estaba abierta y vendiendo vino. Para mí esto no lo tomo como un trabajo, estuve desde niño aquí, hay fotos mías allí, con doce o trece años, cuando se trabajaba de noche…» El hijo del fundador de la bodega, dice que «siempre venían cantores, buenos cantores de tangos; no quisiera darte nombres pero venían con acordeonas y guitarras». Añade que «aquí viene gente de lejos a comprar; el vino bueno siempre se vende… no se gana lo que se ganaba antes.

La barra fiel viene siempre. Casi siempre son los mismo clientes». *

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