¡Ay, el verbo!
Ayer escribía yo de la descomposición del lenguaje hablado como causa de la falta de entendimiento entre políticos.
Y ahora debo insistir, al enterarme de que han surgido nuevas diferencias sobre el texto de la reforma tributaria. El MPP identificó cuatro puntos no resueltos del modo en que, a su momento, la bancada parlamentaria oficialista acordó con Brovetto, quien entonces era el puente entre aquélla y el equipo económico. Estoy persuadido de que habrá una reforma tributaria. Es más, apostaría unos yenes si los tuviera- a que el acuerdo llegará en el plazo previsto. Empero, es preocupante que estas dilaciones surjan sin que aparezcan dogmatismos de un lado u otro ni hayan unas diferencias insalvables, sino porque los hechos revelan que uno habla y el otro no entiende, y viceversa, y que, al pasar de la palabra a la escritura, opera una patología que todo lo entrevera.
Ya lo he declarado: prefiero no deducir intenciones políticas. Eso me obliga a revisar aportes de algunos pensadores a ver si puedo explicar qué pasa. Talleyrand dijo que «la palabra fue dada al hombre para ocultar sus pensamientos»; es bravo, che, porque esto me puede llevar a bruta deducción.
Kierkegaard dijo que «la finalidad del lenguaje es convencer a la gente de abstenerse de la acción»; me seduce, pero es complicado: ¿qué gente, en este caso, querría convencer a qué otra y de qué?
Emile Male dijo que hubo épocas «en que la idea de una cosa era más real que la cosa misma»; sí, loco, pero eso no ocurre desde la Edad Media.
Y Huxley dijo que «el proceso lingüístico creador de símbolos es ambivalente» y, al usarlo para imponer orden y sentido a lo que nos rodea, «a menudo produce una espantosa confusión»; a la pelotita, ¿acaso hay que negarse a darle orden y sentido a todo?
Se me complicó. ¿Qué me queda? ¿Postular, nomás, que alguien se está pasando de pícaro? Sería deducir intenciones políticas y no quiero.
¿No? Bueno, en fin, tal vez me convenga una pizca menos de ingenuidad… *
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