Los peligros de andar por el centro
Quiero compartir con usted el asombro que me causa advertir cómo el camino del medio, ese centro político –o centro-izquierda si lo prefiere– por el que transita el gobierno, puede resultar riesgoso. Uno pensaba que el centro era el camino más fácil, la ubicación alejada y equidistante de los extremos que garantizaría la comprensión y el apoyo de la clase política y de toda la sociedad. Sin embargo, dados los últimos acontecimientos, parecería que el centro del espectro político se ha convertido en el centro que concita los ataques más acerbos desde los dos polos opuestos pero aliados circunstancialmente en la crítica al gobierno. Ambos extremos se consideran enemigos de clase irreconciliables pero han descubierto que tienen un enemigo común; y ahí están, girando la manivela para ajustar el telémetro y corregir el ángulo de tiro de modo de hacer puntería en el centro.
El Nacionalismo intransigente
Los partidos del llano, liderados por el Partido Nacional, insisten machaconamente en sus anatemas centrados en la inseguridad o en algún otro asunto que les permita ejercer su función opositora.
Claro, yo los comprendo, pobres: como quedaron en minoría en el Parlamento, sus interpelaciones, sus embates, sus gritos destemplados, sus exigencias de renuncia de algunos ministros, se estrellan contra la muralla de la mayoría oficialista. Entonces, se las ingenian para ejercer su poder de oposición en aquellos asuntos que requieren mayorías especiales con las que no cuenta el partido de gobierno.
Es así que no ha sido posible renovar la integración de la Corte Electoral ni del Tribunal de Cuentas. Pero el colmo es la negativa a votar la venia para designar al fiscal de Corte. «¿Así que precisan nuestros votos? Pues no los tendrán», parecen decir muy ufanos, encantados de poder hacer valer el poquito de poder de que disponen en un acto de ostentación pueril. Y lo que resulta impresentable es la explicación oficial que han salido a dar a esa negativa. «No nos consultaron», aducen indignados, con un amor propio obsoleto que los hace sentirse heridos en su orgullo; les falta decir que a los blancos nadie los arrea con el poncho.
¿Será así? ¿Será que no votan la venia porque el gobierno no les avisó? Si así fuera, si esa fuera la razón de su negativa a votar la venia para la fiscal, estaríamos ante un capricho inadmisible que le cuesta al país prolongar la acefalía de la Fiscalía de Corte. Y uno tiene el legítimo derecho de sospechar que no hay tal, que en realidad, como la foja de servicios de la doctora Guianze es inobjetable, no han hallado motivos válidos y confesables para rechazarla; y que la verdadera razón radica, muy probablemente, en la valiente y brillante actuación de esta magistrada en sonados casos de juzgamiento de crímenes durante la dictadura. Es ella quien pidió el procesamiento de Juan Carlos Blanco y, más cerca en el tiempo, el de los ocho terroristas de Estado.
Sea como sea, sea cual sea la verdadera razón de no dar los votos necesarios para la venia, la intransigencia cerril de los blancos es digna de mejor causa.
La otra intransigencia
Desde la propia izquierda también han surgido voces que cuestionan algunos aspectos de la gestión del gobierno. Nada de novedoso hay en ello; y nada censurable, ya que es por demás saludable que la diversidad se manifieste y que los puntos de vista discordantes se expresen con libertad. El ya famoso TLC fue uno de los temas que despertó un considerable disenso dentro de la fuerza política gobernante, así como el proyecto de reforma tributaria que todavía no ha logrado el consenso de los diversos grupos que integran el Frente Amplio.
Pero cuando hablo de la otra intransigencia, no me refiero a estos asuntos que han generado una polémica muy positiva y una discusión con altura y con razones valederas para apuntalar uno y otro puntos de vista. Estoy pensando en la intransigencia que están exhibiendo algunos gremios por estos días. Una radicalización inconducente, innecesaria e inoportuna de ciertos conflictos sindicales.
Creo que todos tenemos derecho a expresar nuestra opinión sobre los fallos judiciales y a criticar aquellos que nos parecen injustos o equivocados. Pero me parece un desborde inconcebible que el procesamiento de una enfermera haya desatado una huelga como la que llevan adelante los funcionarios del Pasteur. La huelga es una herramienta de lucha sindical convertida en derecho consagrado a texto expreso en la Constitución. Pero precisamente por eso, no debe abusarse de ella ni menos apelar a ella por razones ajenas a la lucha gremial. ¿A quién se le puede ocurrir que el procesamiento de un trabajador dictado por la Justicia ordinaria constituya un motivo razonable para declararse en huelga? ¿Puede alguien sensatamente afirmar que estamos en presencia de un desborde patronal, de un ataque a los fueros sindicales, de una persecución antisindical? Los fallos de la Justicia se pueden criticar, se pueden apelar, pero no se pueden torcer por la presión de un gremio. ¿Esperan, acaso, que el juez otorgue la libertad de la enfermera para habilitar el levantamiento de la huelga? Si ello ocurriera, empezaríamos a transitar un camino muy peligroso: el que conduce al desconocimiento de la independencia de los poderes del Estado, a una total falta de garantías y a la desnaturalización del estado de derecho.
Desde aquí, muy humildemente, me permito llamar a reflexión a los compañeros del Pasteur para que adviertan el grueso error que están cometiendo, un error que sólo sirve para dar pie a la derecha a hablar de «dictadura sindical».
Ojo, no se confundan de enemigo. *
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