Reflexiones con Bonelli: quitarle la piel a la cebolla
El comandante de la Fuerza Aérea, Enrique Bonelli, tiene razón cuando dice que en Uruguay no hubo vuelos de la muerte, si se entiende por ello lo que hicieron los militares argentinos cuando tiraban con vida a los prisioneros políticos al Río de la Plata, desde un avión. Tiene razón en rechazar esa afirmación, por lo menos hasta ahora, en tanto nadie ha denunciado esa metodología criminal.
Desde el noticiero que dirijo, Compacto 1410 de AM LIBRE, he bregado para que nadie caiga en fáciles calificativos, porque entiendo que se puede ser injusto. Como testigos tengo a mis compañeros, con quienes tenemos un compromiso ético de no faltar a la verdad.
Digo más: me molesta que las palabras no se utilicen con precisión en todos los órdenes de la vida sólo le digo hijo de puta a alguien del que estoy convencido que es un hijo de puta-, pero particularmente me molesta cortar grueso cuando se trata de esta triste materia que nos aqueja, que es conocer la verdad sobre la violación a los derechos humanos durante la dictadura. Esto de analizar fino lo aprendí de un viejo flaquito, de barba blanca, que un día llegó de cocinero en un barco a nuestro país, que se llamó Ho Chi Min (jefe del Partido Comunista de Vietnam) y que en la lucha por la independencia de su país supo identificar con precisión al enemigo, sin caer en la tentación de que todos eran iguales.
A la vez señalo que el comandante Bonelli es uno de los pocos militares que ha colaborado con seriedad en la búsqueda de los restos de los ciudadanos uruguayos desaparecidos y que su aporte ha sido sustancial. Negarlo sería una estupidez política, pero también algo mucho más grave: sería una verdadera injusticia.
Confieso que me cuesta mucho más creer que Bonelli no conociera la realidad del país en los cinco primeros años de la década del 70. «No sabía el alcance de las cosas», le dijo a El País el pasado 14 de setiembre, porque «nosotros estábamos (en esa época), como han de estar los tenientes y los capitanes acá, que se preocupan por su unidad, por su avión de la navegación, del inglés, de aprender, de la guardia, de sus hijos chicos».
Con Bonelli tenemos algo en común: los dos tenemos 56 años de edad. En esa época nosotros, los que defendíamos la democracia, no sólo sabíamos lo que estaba pasando, sino también lo que nos podía pasar. También estudiábamos, nos casábamos, aprendíamos. Sé el caso de un muchacho que las fuerzas represivas lo persiguieron mucho tiempo y lo detuvieron cuando cumplió 18 años. Lo detuvieron, lo torturaron y lo encerraron, pero se cuidaron de no hacerlo con un menor. ¡Qué hipocresía!
A pesar de que no puedo creer que Bonelli no supiera lo que estaba ocurriendo en el país, voy a hacer el esfuerzo de creerle, quizás porque tuve la suerte de leer hace unos años un diario íntimo de una alemana (con familiares en Uruguay) que vivió la Segunda Guerra Mundial, pero que no la sufrió.
Esa mujer relata en su diario que siendo muy joven iba a las fiestas que los nazis hacían en sus submarinos donde ella lo pasaba muy bien. En su relato dice que recién conoció las atrocidades de la guerra después que la misma finalizó. Incluso señala, horrorizada de su experiencia, que sus sufrimientos recién comenzaron cuando llegó la paz y fue cuando tuvo que recurrir a las tarjetas de racionamiento para poder comer.
Hace pocos días Bonelli dijo que cuando fue el copiloto del primer vuelo no se enteró de a quién llevaban en el avión y que aquellos «pasajeros» que no fueron asesinados pero sí torturados y procesados, pertenecían también al segundo vuelo, donde parece ser que fueron ajusticiados.
Voy a aceptar también esa tesis y voy a olvidarme de que a un militar joven no le conmovía que hubiera presos políticos, secuestros y torturas. ¿No parece que es un atentado a la razón justificar su desconocimiento de los hechos porque apenas tenía 22 años y porque viajaba en la cabina del avión cuando el primer vuelo?
Por todo lo que ha hecho positivamente, Bonelli no puede construir esa historia de presuntas ingenuidades juveniles, cuando él mismo dice que en los años anteriores al golpe cívico-militar el país vivía en estado de guerra interna. ¿Se podía ser soldado sin conocer las causas de esa guerra interna y de los métodos para llevarla adelante? Me cuesta creerlo. Bonelli tiene la obligación de no volver a contarnos esos cuentos que para lo único que sirven es para que aumente la indignación y se generalice la idea de que toda información de los militares es mentira, cuando las mentiras abundan.
Hace pocos días el escritor alemán Günter Grass reconoció su pasado nazi, cuando se enroló al ejército alemán a los 17 años. Para ello escribió un libro, «Con la piel de la cebolla», a modo de autobiografía. El título lo explicó de esta manera: «Al quitarle la piel a la cebolla, o sea, al escribir, sale piel a piel, frase a frase, y vuelve a la vida aquello que estaba oculto». En eso estamos y Bonelli, que no tiene un pasado nazi, debe seguir contribuyendo.
* Periodista.
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