Prohibido para nostalgicos

Las chinas cuarteleras

Le gambetearon a la Justicia siempre ayudados por los que ahora ni abren la boca. Al final la patota de los delincuentes militares comienza a caer. Ahora es la discusión de dónde meterlos a la sombra. El tema cuartelero está de boca en boca. La memoria quiere ponerle un poco de picardía a este asunto tan botón. Vamos para atrás, cuando los que te dije no te picaneaban ni te metían la cabeza en un tacho hasta limpiarte. Y llegamos a principios del viejo siglo, allá por el Cerrito de la Victoria.

Por Chimborazo habían levantado un cuartel, y al toque aparecieron alrededor un montón de ranchitos. En sus puertas, con un trapo haciendo de cortina, las mujeres llamaban a los milicos.

Adentro sonaba una vitrola con milongas. Eran las llamadas «chinas cuarteleras», que a cambio de unos vintenes bailaban y después al fondo a un destartalado camastro. Cuando eran los días de cobro de la tropa ¡agarrate Catalina!, porque hasta los más timidones querían mojar el bizcocho.

Los «pesebreros», especie de porteros de esos quecos, tenían mucho laburo y apenas si podían contener a los alzados. Es que muchos milicos se ponían pesados y con bruta curda querían entrar de nuevo a la pieza y de garrón. Pero esas chinas tampoco arrugaban. Los más viejos vecinos del Cerrito aún recuerdan cuando una de esas mujeres le dio flor de paliza a un oficial que presumía de galán.

Por los cercanos boliches de San Martín y de Burgues se desparramaba el miliquerío después de salir de aquellos ranchos. Le daban al tinto y le sacaban el cuero a algún coronel que se la tiraba de finoli pero también de callado se arrimaba a esas mujeres del oficio. En esos cafetines del Cerrito se entreveraban soldados y los cafishos de las chinas al lado de los vecinos más chupadores del barrio. Había varios que tenían fama de guapos, ganada en las tremendas broncas de las canchitas de fútbol que daban a Chimborazo.

También en esos boliches había líos, pero nunca adentro, siempre iban a la parte de atrás donde entre cajones de botellas y damajuanas vacías se amasijaban sin grupo. Se decía que la mayoría de esas chinas cuarteleras en su época de juventud habían sido figuras en los cabarets de El Bajo.

Luego, en una pendiente propia del más antiguo oficio, terminaban sus carreras en los prostíbulos cuarteleros. La mayoría veteranas sabían manejar a esos tipos uniformados y darles vuelta los bolsillos con sus aprendidas mañas de lupanar. Porque, sin pagar, de ahí nadie se iba. Si alguno armaba mucho lío que ni el pesebrero podía controlar, ahí aparecía el cafiolo y con esos tipos nadie la sacaba barata. Andaban calzados y a las puñaladas arreglaban el entuerto.

Al otro día «El Bien Público» en su crónica roja hablaba de un drama más en esas casas de «mala vida», como escribían sus cronistas. Pero nadie les daba mucha bolilla porque eran historias repetidas en aquellos días de las chinas cuarteleras del Cerrito. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

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