Conductores
El intendente Ehrlich quiere resolver los problemas del tránsito vehicular de la capital. Son tantos, que describirlos cansa. Una suerte de gran caos con potencialidad implosiva: calles, edificios y la propia ciudad están en riesgo de hundirse bajo el peso, aumentado por el desorden, de tanta máquina infernal que anda sobre cuatro ruedas.
Ehrlich ha sugerido el desestímulo del uso del automóvil y la promoción de bicicletas y un mejor servicio de ómnibus. Merece el aplauso, aunque hay algo que no ignora: es una idea de largo aliento.
Por eso me permito sugerirle que, mientras la va diseñando, y a fin de no asemejarse a otros que pretendieron cosas parecidas y los sepultó una tan evidente como no enfrentada realidad, solucione ciertas cuestiones previas.
Una, penar la violación sistemática de normas muy claras por parte de particulares y también de profesionales a bordo de ómnibus, camiones, taxis y hasta camionetas escolares.
Otra, sancionar no sólo el estacionamiento indebido -fácil y rentable para los muchachos de gris- sino la conducta de muchísimos conductores que, observados con detenimiento, exigen interrogarse acerca de la obtención de su licencia. ¿Dónde dieron el práctico? ¿En el interior, todos? ¿En el patio de su casa? ¿En la cancha de La Rinconada?
Me recuerdan a los chimpancés. Si el hombre dispone de dos palabras como «auto» y «calle», y no es imbécil o psicópata, las relaciona y, por ejemplo, no maneja sobre la vereda. Los chimpancés, que pueden tomar un palo para bajar la banana del árbol –lo cual nos induce a creer que son capaces de establecer una relación inteligente– dejan de hacerlo si una de ambas cosas no está a su vista. No retienen las imágenes lo suficiente, pierden interés y se dedican a otra cosa.
Aunque parientes, son animales.
Pero cuando el tipo pasa a cien por una cebra, cruza un semáforo en rojo, entra a contramano o adelanta por la derecha, no es un ser humano. Es un chimpancé. Y hay que sacarlo de la calle, ya. *
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