La publicidad
No se ha acallado el eco de un fallo judicial que reivindica derechos del usuario. La sentencia condenó a una empresa, que ofrece un seguro parcial de salud, por haber inducido a dar por cierto lo que no lo era.
La publicidad es necesaria. Distinta cosa son la mentira y el engaño. Y hoy, que todo se vende a través de sofisticadas técnicas de comunicación, es probable que unos cuantos mensajes que andan por ahí mientan o engañen sin pudor. El otro problema es que, en general, la publicidad persuade por exageración.
¿Es la justicia el único amparo? En última instancia sí, a fines de reparación y de ubicar el derecho individual en su sitio. Sin embargo, si aspiramos a una sociedad mejor cada día advertiremos que hay otras cosas: exigir la más completa información y decidir racionalmente, usando el pensamiento crítico. Claro, no es sencillo. Requiere mayor ilustración, que es igual a decir mejor educación, integral y humanista, continua y flexible, desde más temprano.
Tal vez suene excesivo, pero también esto habría que incorporarlo al debate educativo. Ya no es viable la formación en una burbuja; la nueva pedagogía sólo será tal, y por tanto eficiente, si se introduce en la realidad para cambiarla.
Ah, sí, puede llevar mucho tiempo. Bueno, después de todo, en materia de publicidad exagerada, cuando no falsa o engañosa, al hombre lo vienen induciendo desde hace siglos.
Hablando del betún, cien años después de Cristo, Plinio decía: «Corta las hemorragias, trata las cataratas, sirve para la gota, el dolor de muelas y el catarro, alivia la fiebre, corta la diarrea y endereza las pestañas que se meten en los ojos».
Bastante más tarde estábamos peor. En la Edad Media, por ejemplo, se persuadía, para entrar en comunión con la divinidad, de identificarse con animales carnívoros. Y hubo quienes se dedicaron a desgarrar, eviscerar y devorar lobos, ovejas y cabras.
O sea, los peligros tienen antigüedad. Sólo que hoy son ,¿o parecen?, menos traumáticos. *
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