Los pingüinos
Entusiasmado por los resultados que parece estar alcanzando el comercio exterior, uno puede ser inducido a error por ciertas informaciones.
Por ejemplo, Uruguay ha pasado a ser el segundo exportador de cobre de América Latina, aunque, a diferencia de Chile, el primero, no tiene ni un yacimiento.
¿Milagro? ¿La garra charrúa?
No. Todo el cobre vernáculo proviene, en una parte menor, de chatarra legalmente producida; la parte mayor, según hay consenso, sale de miles de kilómetros de cables de UTE y Antel robados en reiteración real a lo largo y ancho del país. Ahora mismo una población entera, Pinamar, está sin teléfonos y sin luz pública debido a la audacia e impunidad de los ladrones.
Si sumamos esta constatación –el crecimiento de una exportación fundada en el delito– a las versiones que afirman que hay uruguayos involucrados en el tráfico de armas a Brasil, a la venta en Rivera de autos que debían estar bajo caución judicial, y al envío de licencias de conducir falsas desde Paysandú a inmigrantes ilegales de Estados Unidos, es necesario interrogarse acerca de nuestro destino inmediato.
Hace unos meses, el diputado Eduardo Brenta impulsó un proyecto de ley para controlar y limitar con severidad las exportaciones de cobre, a fin de reducir el mercado de quienes afanan con tanta fruición. Ignoro adónde ha ido a parar ese proyecto, pero me conmueve el silencio que lo rodea. Se necesita una ley así.
Sería como elegir a qué clase de pingüinos queremos parecernos.
Hay unos, constructivos, que imponen paz en colonias donde crían, separando a los belicosos, debido al peligro para los huevos y, por tanto, para la reproducción de la especie. Y hay otros que se arriman al mar con ganas de un chapuzón de aquellos, pero ante el riesgo de que haya depredadores empujan al agua a alguno, al pasar. Si al distraído nada le ocurre, se zambullen; si se lo morfan, siguen anadeando por la arena, tan campantes.
Con la industria de la joda, al final, no iremos a ningún lado. *
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