Escrito por: HUGO CORES (*)
Por parte del gobierno se ha insistido en la urgencia y la conveniencia de acordar un tratado comercial con los EEUU.
Esa posibilidad ha suscitado la oposición de algunos sectores populares y una polarización creciente dentro de la fuerza polÃtica en el gobierno, el Frente Amplio. Más aun, posiciones antagónicas han surgido dentro de los partidos que componen el Frente Amplio.
¿Cuáles son las razones que explican este momento de tensión interna y externa del Frente Amplio?
¿Se trata, acaso, de una discusión entre unos compañeros “que quieren hacer cosas efectivas” a favor del pueblo que enfrentan a otros compañeros “cuyo deseo más ferviente es discutir, cotejar frases retóricas y darle impulso a la ideologización del debate”?
¿Se trata de un torneo entre pragmáticos e idealistas que andan en las nubes?
O ¿una confrontación de opiniones entre algunas personas y grupos que, por fin, se han abierto a las “nuevas ideas” que propone el siglo (la apertura irrestricta, el achicamiento del Estado), y otros que han quedado amarrados al perimido ideario izquierdista de los sesenta?
Cualquier persona o grupo de personas que se acerquen al debate verá que no es asÃ.
Para muchos frenteamplistas la suscripción, en este momento y bajo estas condiciones de un tratado de libre comercio con los Estados Unidos, porque de eso se trata, pondrÃa al paÃs en una situación sumamente desfavorable.
En primer lugar porque ni el paÃs ni el gobierno de Uruguay están en condiciones de resolver, en un lapso breve, el cúmulo de problemas que al paÃs chico le plantea asociarse con un paÃs del peso económico y comercial de los EEUU.
Pensar que en un perÃodo de pocos meses se van a resolver todas las carencias y deficiencias que tiene nuestra adecuación como nación, en el plano económico, como propuestas de desarrollo, de adecuación institucional y normativa, aparece como contradictorio con la lentitud que se exhibe en el desarrollo de las polÃticas del gobierno en otros terrenos. Y eso no se puede hacer a los ponchazos, dejando divergencias e insatisfacciones por todos lados.
La comprensión de los obstáculos y la paciencia para sobrellevar la demora se debiera aplicar en la instancia de asumir compromisos externos, como el TLC, que pueden provocar daños irreparables en el tejido económico y social del paÃs.
Por lo demás, el debate, como instancia nacional, recién empieza. Hay muchos sectores sociales que por una razón u otra no han tenido la posibilidad de estudiar a fondo cuáles serÃan, para su campo de actividad, las consecuencias de un acuerdo con los EEUU.
Pero además las modalidades especÃficas de un tratado como el que hoy aparece en el horizonte, presentan –por parte de los EEUU– algunos rasgos que llaman a la reflexión y preocupan. CaracterÃsticas que tienen los convenios en curso con Colombia, Perú y los ya plasmados del acuerdo con Chile y los paÃses centroamericanos.
Todo parece indicar que en el instante de concretar un convenio de ‘comercio administrado’, como le llaman algunos expertos, los representantes de la gran potencia, no resultan demasiado accesibles ni dan demasiadas muestras de compresión y sensibilidad ante los argumentos de la otra parte. Si el paÃs de menor desarrollo relativo, es decir todos los demás del planeta, resulta perjudicado, no es asunto de ellos. Lo de ellos es acrecentar su expansión y la rentabilidad de sus empresas.
Ahora bien, toda la cuestión del TLC contiene en su seno otra, bien acuciante por cierto.
Uruguay ya se halla embarcado, desde 1990, en una propuesta de integración regional: el Mercosur.
Para quien siga con atención las noticias acerca de cómo nuestros socios de la región tomarÃan una decisión “rumbo a Washington” por parte de Uruguay, resulta evidente que nada firme se puede anticipar acerca de cuál serÃa la respuesta.
¿Se está dispuesto a ahondar las dificultades con Argentina y también con Brasil? O, por el contrario ¿serÃa más alcanzable la meta de reconstruir y avanzar en acuerdos con nuestro propio vecindario?
No me cabe ninguna duda acerca de que con la Casa Matriz del imperialismo contemporáneo será siempre más difÃcil relacionarse.
Es una incertidumbre que remite a un proyecto de largo plazo, a una cierta estrategia de integración sobre la que se ha venido insistiendo desde hace mucho tiempo.
Hasta ahora, la integración con los vecinos ‘de al lado’ habÃa estado a cargo de gobiernos de entonación más bien neoliberal. Nunca esa tarea nacional y de dimensión latinoamericana habÃa estado en manos de un gobierno de izquierda. ¿Por qué no asumir los trabajos y los dÃas de la integración con nuestra visión progresista?
La semana pasada, organizado con buen criterio por Carlos Viera de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, se realizó la Primera Jornada Nacional sobre Desarrollo. En la misma participaron economistas, como Ricardo French Davis y José Antonio Ocampo, de gran prestigio latinoamericano. Como quedó de manifiesto en el curso de las conferencias, hay una parte consistente y calificada de expertos, uruguayos y extranjeros, que ven con recelo las opciones de integración a través de tratados de libre comercio con los Estados Unidos.
Los excelentes aportes realizados en la Jornada no tuvieron, hasta ahora, la resonancia que merecÃan. Pero para quien tiene que estar atento a cómo evolucionan las corrientes de opinión, la reunión celebrada el jueves en la sede del Mercosur debiera ser un indicador interesante. El equipo económico del gobierno ha dado pruebas de tenacidad, de firmeza para sostener sus criterios. ¿Garantiza eso que tenga razón? El jueves se vio que hay expertos que enuncian advertencias. No resultarÃa prudente ignorarlas.
Finalmente, el paÃs se encuentra en los umbrales de una gran decisión. Sea en un sentido u otro. Con un TLC o sin él. Sea cual sea el sendero que se elija, la integración exigirá esfuerzos y adecuaciones de todo tipo.
Y ese esfuerzo no estará limitado a algunas áreas exportadoras (carne y textiles) o del Estado y sus empresas o las industrias locales amenazadas por las imposiciones de Washington, como puede ser la industria farmacéutica. Lo que estará bajo presión será el conjunto de la economÃa y por tanto toda la sociedad uruguaya.
Los proveedores del Estado, las pequeñas y medianas empresas, el destino de los servicios públicos, el desarrollo agrÃcola, entre otros tendrán que soportar un impacto fuerte.
Ahora bien, expuesta a ese desafÃo, la sociedad uruguaya ¿cómo está participando en el debate?
¿Cuál es el grado de información que se ha trasladado al Parlamento, a los partidos polÃticos?
¿Cómo ha venido discutiendo la fuerza polÃtica de gobierno esta cuestión acerca de la cual, en su propio seno, existen posiciones divergentes?
Es claro que no es el debate franco y abierto lo que suscita malestar.
Y ese debate deberÃa hacerse antes de tomar resoluciones que después resultan irreversibles.
No es el sinceramiento de posiciones y la información exhaustiva una fuente de entredichos y malentendidos.
Justamente los malentendidos nacen –en este y en otros temas– de los estilos de información recortada que se practica.
Otro estilo inconveniente es el recurso de “dar la callada por respuesta”. Ante determinadas crÃticas, a veces sobre manipulación de información sensible –si no son recogidas por ese centro de poder ajeno que es el oligopolio mediático– no se responden.
¿
Cómo se prepara la sociedad uruguaya para los desafÃos que aparecen en el horizonte?
El gobierno debiera ser el principal interesado en promover y nutrir ese debate, para empezar en su propia estructura como partido y como bancada parlamentaria con mayorÃa absoluta en ambas cámaras.
Estimular también el debate en la sociedad, entre los empresarios, sobre todos los pequeños y medianos, con el mundo académico, con los cooperativistas y los sindicatos. Hay medios de comunicación del Estado que pueden estimular una mejorÃa del debate público. El paÃs tiene tradición de debates. Las organizaciones sociales y profesionales han demostrado madurez como para intervenir en discusiones serias sobre los destinos del paÃs. *
(*) Ex legislador, editorialista
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