Escrito por: JORGE ARIAS
Por el medio deambula y revolea su capa una especie de maestro de ceremonias, a quien el programa denomina “prestidigitador” cuyas cejas arqueadas e hipócrita sonrisa nos induce a identificarlo con la represión (Ãbamos a escribir “con el mal”; el programa escribe, asépticamente, “el que todo lo puede”), aunque no se lo define como militar ni como policÃa. Hay escenas, monólogos, evoluciones; cada tanto vuelven las imágenes de las cunas vacÃas.
Desde el punto de vista de la realización plástica, La cuna vacÃa tiene casi todos los refinamientos imaginables. Luces rasantes, exacta composición de luces y sombras, cuerpos que se mueven impecablemente bajo oblicuos rayos de luz. El claroscuro es logrado y la belleza plástica aparece a menudo: Pacheco se revela como un aplicado constructor de imágenes visuales, que suelen ser gratas a la vista, todo ello a partir de un tema atroz que somete a un laborioso tratamiento. En algún aspecto su obra merecerÃa ser juzgada antes por un crÃtico de artes plásticas y como lo que hoy se llama “instalación”, que por un crÃtico de teatro. Pero todos los lujos de La cuna vacÃa no integran una obra de arte, autónoma, independiente de su tema o su disparador, al que se vuelve una y otra vez. Reiterado el leitÂmotiv, toda la plástica de Pacheco parece superflua y hasta contradictoria con el grave tema al que alude; y como en todas las obras de circunstancias, la dicotomÃa, un tanto maniquea, del Mal contra el Bien, antes debilita que vivifica el tema. Sucede algo similar a lo que nos ocurre con el cuadro “La balsa de la Medusa” de Géricault, que hemos visto en más de un museo de Francia: es demasiado perfecto, demasiado bien compuesto, demasiado equilibrado para el terrible drama que contiene; y no vemos asà al cuadro de Goya “Los fusilamientos del dos de mayo”, donde la sobriedad expresiva, patente en la máscara vulgar, anónima, del fusilado del primer plano, armoniza con el tema. Si la pieza trata del secuestro de niños durante la dictadura militar, con la consiguiente pérdida de la identidad y el dolor de los familiares afectados, el tema tolera mal el suntuoso tratamiento. Hemos leÃdo que La cuna vacÃa tiene un contenido ideológico: no podemos entender esta afirmación, a menos que con sólo tocar el tema del secuestro de niños por la dictadura militar se incurra en “ideologÃa”. Y si algo le falta a La cuna vacÃa es una idea, una explicación plausible de por qué se tomó, del vasto repertorio de temas disponible, uno tan singular y difÃcil. En “El hombre de arena” Daniel Veronese y Emilio GarcÃa Wehbi exploraron en profundidad el tema de lo siniestro: esta brillante obra no pretendÃa ni el auxilio ni la demostración de ideologÃa alguna, pero aludÃa de un sólo golpe a todo lo perverso y soterrado, de modo tal que la asociación con los crÃmenes polÃticos, que los autores no se propusieron, surgÃa sin esfuerzo, en el ánimo del espectador, con mucha más potencia que en La cuna vacÃa. *
LA CUNA VACIA, de Omar Pacheco, con Fernando Blanco, Carolina Gighliazza, Romina Lugano, Enrique Lardo, MarÃa Silvia Facal, Luis Ortellado, Romina Azzigotti, Fernanda González, Mariana Agüero, Malena Colella, Victoria Pedrozo, Magali Sanmarco, MarÃa Julia Cimarosti, Mario di Nicola, Jorge Leonardo y Juliana Mazza. Música de Rodolfo Mederos y Gerardo GardelÃn, vestuario de Romina Azzigotti, tÃteres de Esteban Fernández, objetos de Fernando Blanco y Enrique Lardo, máscaras de Mariana Agüero, música de “La cuna vacÃa” de Nicolás Colacho Brizuela, intérprete de “La cuna vacÃa” Liliana Herrero, dramaturgia, iluminación, escenografÃa, letra de “La cuna vacÃa” y dirección de Omar Pacheco. En Centro Cultural de la Cooperación, Avenida Corrientes 1543.
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