"LA CUNA VACIA", DE OMAR PACHECO, EN EL CENTRO CULTURAL DE LA COOPERACION

El vacío de la opulencia

Por el medio deambula y revolea su capa una especie de maestro de ceremonias, a quien el programa denomina «prestidigitador» cuyas cejas arqueadas e hipócrita sonrisa nos induce a identificarlo con la represión (íbamos a escribir «con el mal»; el programa escribe, asépticamente, «el que todo lo puede»), aunque no se lo define como militar ni como policía. Hay escenas, monólogos, evoluciones; cada tanto vuelven las imágenes de las cunas vacías.

Desde el punto de vista de la realización plástica, La cuna vacía tiene casi todos los refinamientos imaginables. Luces rasantes, exacta composición de luces y sombras, cuerpos que se mueven impecablemente bajo oblicuos rayos de luz. El claroscuro es logrado y la belleza plástica aparece a menudo: Pacheco se revela como un aplicado constructor de imágenes visuales, que suelen ser gratas a la vista, todo ello a partir de un tema atroz que somete a un laborioso tratamiento. En algún aspecto su obra merecería ser juzgada antes por un crítico de artes plásticas y como lo que hoy se llama «instalación», que por un crítico de teatro. Pero todos los lujos de La cuna vacía no integran una obra de arte, autónoma, independiente de su tema o su disparador, al que se vuelve una y otra vez. Reiterado el leit motiv, toda la plástica de Pacheco parece superflua y hasta contradictoria con el grave tema al que alude; y como en todas las obras de circunstancias, la dicotomía, un tanto maniquea, del Mal contra el Bien, antes debilita que vivifica el tema. Sucede algo similar a lo que nos ocurre con el cuadro «La balsa de la Medusa» de Géricault, que hemos visto en más de un museo de Francia: es demasiado perfecto, demasiado bien compuesto, demasiado equilibrado para el terrible drama que contiene; y no vemos así al cuadro de Goya «Los fusilamientos del dos de mayo», donde la sobriedad expresiva, patente en la máscara vulgar, anónima, del fusilado del primer plano, armoniza con el tema. Si la pieza trata del secuestro de niños durante la dictadura militar, con la consiguiente pérdida de la identidad y el dolor de los familiares afectados, el tema tolera mal el suntuoso tratamiento. Hemos leído que La cuna vacía tiene un contenido ideológico: no podemos entender esta afirmación, a menos que con sólo tocar el tema del secuestro de niños por la dictadura militar se incurra en «ideología». Y si algo le falta a La cuna vacía es una idea, una explicación plausible de por qué se tomó, del vasto repertorio de temas disponible, uno tan singular y difícil. En «El hombre de arena» Daniel Veronese y Emilio García Wehbi exploraron en profundidad el tema de lo siniestro: esta brillante obra no pretendía ni el auxilio ni la demostración de ideología alguna, pero aludía de un sólo golpe a todo lo perverso y soterrado, de modo tal que la asociación con los crímenes políticos, que los autores no se propusieron, surgía sin esfuerzo, en el ánimo del espectador, con mucha más potencia que en La cuna vacía. *

 

LA CUNA VACIA, de Omar Pacheco, con Fernando Blanco, Carolina Gighliazza, Romina Lugano, Enrique Lardo, María Silvia Facal, Luis Ortellado, Romina Azzigotti, Fernanda González, Mariana Agüero, Malena Colella, Victoria Pedrozo, Magali Sanmarco, María Julia Cimarosti, Mario di Nicola, Jorge Leonardo y Juliana Mazza. Música de Rodolfo Mederos y Gerardo Gardelín, vestuario de Romina Azzigotti, títeres de Esteban Fernández, objetos de Fernando Blanco y Enrique Lardo, máscaras de Mariana Agüero, música de «La cuna vacía» de Nicolás Colacho Brizuela, intérprete de «La cuna vacía» Liliana Herrero, dramaturgia, iluminación, escenografía, letra de «La cuna vacía» y dirección de Omar Pacheco. En Centro Cultural de la Cooperación, Avenida Corrientes 1543.

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