Mi error
El miércoles escribí una de tantas columnas. Sólo que al leerla con cierta perspectiva, y me alivia decir que, por no ser la primera vez, prueba mi capacidad de errar, quedé profundamente desconforme.
Dije que el profesor Demasi, de cuya honestidad intelectual no dudé, debió haber sido más cauto en expresiones recientes. Pensaba entonces que, dada su condición de encargado de diseñar el programa de la historia reciente a ser incorporado al sistema de enseñanza, hubiese sido mejor callar lo que dijo para no inducir a un debate que podría ser desnaturalizado por otros.
Me equivoqué. Lo reconozco.
¿Me faltó reflexionar más? ¿Escribí con demasiado apuro? Mi espíritu crítico lo seguirá indagando. Lo cierto es que jamás la libertad de expresión, que para mí va más allá de la libertad académica o de cátedra, que también defiendo y practico en mi modesta actividad docente, debe ceder terreno ante una estrategia, por más que todos, incluido Demasi, estemos inmersos en un mundo donde cada paso se calcula al modo de una complicada jugada de ajedrez. Un mundo hipócrita y cínico.
Puedo estar de acuerdo o no con lo que dijo. Pero no puedo sugerirle, ni siquiera con la idea de ayudarle, como fue la que me impulsó, apelar a una mayor prudencia para ser, luego, más constructivo y eficiente.
Me alegro tanto de estar escribiendo esto. No por haberme equivocado, ¿a quién puede hacer feliz eso?, sino por permitirme demostrar que trato de practicar la honestidad intelectual, a través del ejercicio libre del pensamiento crítico, tanto como el postulado en lugar de la idea de dogma.
Y concluyo con Huxley, a quien también mencioné. Fue quien me convenció de que el postulado es uno de los mayores descubrimientos de los tiempos modernos. Y qué paradójico, lo adjudicó a Oliver Cromwell, alguien hasta ese día dogmático, que el 3 de agosto de 1650 dijo, ante la asamblea de la Iglesia de Escocia: «Les pido, por las entrañas de Cristo, que crean en la posibilidad de haberse equivocado». *
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