La historia
-¿Qué tenés? le pregunta el «pie» al compañero de truco.
-El dos y la espadilla dice el otro.
Enseguida los rivales advierten que dice la verdad. De puro inocente, arruinó una mano que venía bien.
Puede ocurrir en otros ámbitos, por la misma inocencia. O por esa incontinencia verbal en la que a veces se incurre para llevar la honestidad intelectual, sin medir riesgos, a las últimas consecuencias.
Hablar, según las circunstancias y qué se dice, puede traer problemas. Por eso hay una antología, inagotable, de lo que hubiese sido mejor no haber dicho. Lavoisier negó a los aerolitos, considerando absurdo decir «que del cielo caen piedras»; Lalande, un año antes de la proeza de los Montgolfier, juzgó que «sólo un loco cree que flotar en el espacio es factible»; y Carrasco, más acá, dijo que clasificaría a Uruguay al mundial de Alemania «con magia».
Pensé en esto cuando Carlos Demasi, director del equipo que redactará el programa de la historia reciente a ser incorporado al sistema de enseñanza, comentó que «no se puede establecer con claridad qué fue primero, si la represión o la guerrilla». Ah, levantó una polvareda que seguramente porque nadie duda de su honestidad intelectual no imaginó; por eso pienso en una incontinencia inocente.
Claro, hay otro aspecto.
Para Demasi, ¿qué es historia? Según el diccionario, es «la narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria». Según Huxley, se trata de «aspectos del pasado que, de acuerdo con su propia filosofía de la vida, los historiadores consideran como particularmente importantes y significativos». Qué matiz.
Si Demasi coincide con Huxley, como intuyo, debió ser más cuidadoso, no abrir una brecha tan pronto. Está bueno decir lo que se piensa pero ¿al precio de crear debates inoportunos, cuando recién se comenzó a trabajar?
Es como la del tipo del truco, que, por falta de picardía y hablar en vez de hacer un par de prudentes señas, arruinó una mano.
Menos mal que la partida sigue. *
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