"Con mirarnos a nosotros mismos todo el tiempo no es suficiente"

La liebre encandilada

Las intensas negociaciones de Uruguay consigo mismo, para resolver sus problemas económicos y políticos, son muy importantes. Pero son sólo la mitad de la solución. La otra mitad se encuentra observando al resto del mundo. Con mirarnos a nosotros mismos todo el tiempo no es suficiente.

Esa persona que vemos en el espejo, solo repite nuestras muecas. Y el diálogo que parece escucharse, es solo un monólogo. El político moderno no puede caer en aquella vieja descripción de un primer ministro inglés que decía «se embriaga con el sonido de sus propias palabras».

Si sabemos adonde mirar, la solución puede encontrarse enfrente a nuestros ojos. La única condición es buscarla en el mundo de tres dimensiones. Fue ahí donde se cometieron los tremendos errores de política que otros repitieron una y mil veces. Hay que empezar aprendiendo de los que metieron la pata feo. Porque seguro que por ahí no van a estar las soluciones.

Pero no hay que mirar al mundo como la liebre que queda encandilada por las luces de un coche en el camino. A esa le metieron un escopetazo entre ceja y ceja. Después, la asaron y se la comieron.

Evidenciada la ausencia de civilizaciones en otro planeta solar, queda claro que en el universo hay sólo cinco ejemplos de desarrollo, más o menos agrupados: Asia, Africa, Europa, Estados Unidos y América Latina. Ni en Marte ni en la Antártida vive nadie. O sea que, mantengamos la pelota en el piso, como siempre dijo el DT.

Dentro de cada uno de esos bloques existen estilos de vida con abismales diferencias. En el caso europeo, Alemania, Francia, Italia y Reino Unido con sus industrias de automóviles, sus financieras y modistos, controlan la política económica del continente.

Mientras que en el otro lado de la perinola están Polonia y Eslovaquia, cayéndose a pedazos. El primero tiene un 25% de desocupación entre los trabajadores de 18 a 25 años. En los últimos 24 meses, 600.000 polacos cayeron en Inglaterra buscando trabajo. Cualquier mercado sirve, cuando el precio es bueno.

En Estados Unidos acontece algo parecido. En Alabama, Mississipi y Louisiana existen ciudades con enormes privaciones sociales. Las calles y casas que vemos en las películas de Hollywood están en California, Nueva York, Washington y Texas, allí es donde se cocinan los mejores negocios. Igual, si vendes bien una alfiler, te haces millonario en cualquier Estado.

En China coexisten mega-ricos con mega-pobres. El detalle es que estos últimos se cuentan en cientos de millones. Algo parecido acontece en Indonesia, Malasia y la India. La totalidad de este mercado de consumo es media humanidad.

Africa es un continente aparte. Muchos antropólogos modernos la digitan como el lugar donde evolucionaron los primeros Homo Sapiens. Pero ahora parecen estar pagando caro esa iniciativa: el continente entero está sumergido en la desesperación social y la corrupción política endémica. Pero un buen vendedor siempre encuentra un buen mercado.

Y llegamos a la gran incógnita del mundo moderno: América Latina. Sicológicamente hablando, este continente no ha cambiado mucho desde los tiempos de la conquista. Todavía pensamos que es posible «hacernos la América», como la hicieron los comerciantes españoles del pasado. Mientras tanto, la población latina está a la espera de otra vuelta de tuerca, de otro gordo de fin año o de otro maracanazo. Vivimos en el sueño eterno de que seremos el continente del futuro. Si seguimos así, siempre lo seremos.

Si enfocamos el microscopio electrónico de alta potencia con precisión y alevosía, podemos observar un territorio con tres millones de habitantes, casi totalmente rodeado por dos grandes y caudalosas vías fluviales. Cotejamos en el mapa los nombres de los ríos y no caben dudas: estamos en Uruguay.

Lo primero que hay que hacer, según un inteligente dicho anglosajón, es «no pegarse un tiro en el pie». Es la ley número uno. Ellos saben lo que dicen, porque son los que muchas veces cazaron aquella liebre encandilada.

En cualquiera de las cinco agrupaciones existen países ultra pobres, pobres moderados, los más o menos y los pudientes. En su estudio está la solución económico-social del mundo. Pero primero hay que resolver el problema de nuestra gente. O por lo menos empezar.

Es sólo la inteligencia coordinada de todos los sectores productivos e inproductivos nacionales, la que puede producir los resultados necesarios. Pero no se trata de hablar solos o pensar con el cerebro de otros.

Sólo los países que en conjunto aceptaron un modelo económico o una salida común, fueron los que llegaron a algún lado.

Para eso vamos a tener que dejar por el camino algunos preconceptos del siglo pasado, como capitalismo salvaje y, ya que estamos, el socialismo salvaje también. No sería para nada una vergüenza. Porque está probado que ambos resultaron una falacia.

Ya no quedan bloques políticos o préstamos fáciles. Ya no quedan redes de protección ni tratados de mutuo respeto. Para saber lo que pasó con ellos, basta echarle una última mirada al siglo XX y sacar la única conclusión posible: cambalache.

Cerrá y vamos. Próxima parada: país productivo. Es la única que nos queda, antes de la terminal. *

(*) Corresponsal en Londres

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