La columna amarilla

Tomarlo en serio

Canuto I, el Grande, príncipe danés que ocupó las coronas de Inglaterra, Noruega y Dinamarca, se sintió un día tan poderoso que dictó un decreto para que no subiese la marea. El agua lo tapó y lo rescataron a duras penas. Se le ha mencionado, a lo largo de los siglos, como la mejor personificación de la ignorancia de los límites de la voluntad humana.

Aun antes, en la época acadia, cuando ni siquiera se había desarrollado la astrología, hubo algún soberano que apeló a la lecanomancia: vertía unas gotas de aceite sobre agua y leía los signos que se iban dibujando para predecir el futuro. Lo asesinaron en plena juventud; su método le sirvió de poco.

Estas peripecias humanas a través de la historia prueban que si hay algo que el hombre no aprende es, precisamente, lo que enseña la historia. Y nos regalan, además, una lección aplicable en estos tiempos modernos, cuando ciertas predicciones –no el próximo resultado de Peñarol pero sí qué clima habrá mañana– son posibles: nada se logra sin la tecnología adecuada y el rigor profesional. Voluntariedad y supersticiones son lacras de antaño.

Sin embargo, uno sigue viendo por ahí, y se preocupa, mucha superficialidad y mucho exhibicionismo.

A un año del temporal que dejó diez muertos y gran parte del país dañado –y que no fue predicho por los especialistas–, la investigación oficial concluyó que la inadvertencia se debió a problemas operativos y falta de equipos técnicos adecuados. Sin embargo, un meteorólogo de excelente nivel, ya retirado, ha dicho ahora que hubo errores humanos esenciales.

No parece sensato desatenderlo. Pero tampoco permitir que siga habiendo predictores, más allá de cargos, trayectorias y conocimientos, que devengan luminarias televisivas obsedidas por la competencia y el rating. Está claro: mientras manejan información sustantiva para la sociedad crean personajes más apropiados a Disneylandia o la familia Simpson que a un servicio del Estado.

¿Quién les cree? Y ojo, son contagiosos. *

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