Prohibido para nostalgicos

La Granja Dominga

Los ómnibus llegaban por Cuchilla Grande. También camionetas repletas de bullangueros vecinos. Pasando el codo de Manga, a la altura de la vía, todos bajaban y a caminar por un caminito de tierra. Frente a ellos aparecía una casona, auténtica granja, construida con ladrillo campero. Al costado, un galpón donde elaboraban vinos, burbujeantes sidras y jamones de rechupete. Unos pasos adentro y llegabas a la pista de baile con su pequeño escenario. Un murito de ladrillos al fondo para separarla de los terrenos linderos.

Era la Granja Dominga que, por fines de los años 50, alegraba a los bailarines y organizaba banquetes y despedidas a todo bombo. Por diciembre se ponía querendona y alcanzaba su culminación con los festejos de Navidad y Año Nuevo.

En un tiempo en que Montevideo estaba lleno de salas de bailes, La Granja supo hacer roncha y atraer mucho público. Vecinos que llegaban atraídos por su clima familiar y de tranquilidad que la diferenciaba de las broncas en los bailes de la Unión y el Palacio Salvo. Pioneros de la radio como Agustín Pucciano y Walter Balla invitaban a todos sus «escuchas» tangueros para concurrir a los bailes de la Granja. En ese ambiente apareció laburando de animador un flaco de bigotes finitos que ahora garabatea sus recuerdos en LA REPUBLICA.

En el pequeño escenario de la Granja desfilaron las mejores orquestas uruguayas y otras porteñas en unos días en que cruzaban habitualmente el charco.

Se destacaban las orquestas del tano Racciatti, Rogelio Coll Garabito y la de Walter Méndez que a todos enloquecía con su típica «Marcha de las serpentinas».

Había un invitado que nunca faltaba alegrándonos con su trío lleno de swing. Fue el querido Santiago Luz y su mágico clarinete que tanto interpretaba temas de su admirado Benny Goodman como geniales versiones de La Cumparsita y El Choclo. Un lujo era la presencia del cuarteto de Roberto Firpo que cuando llegaba de Buenos Aires nunca dejaba de actuar en la Granja. Candombe y picardía con Alberto Castillo que supo amar y mucho las noches bohemias del viejo Montevideo. Sueños de verano en la Granja Dominga. Bailarines muy juntitos enlazados en la pista. La sidra casera desbordaba las copas que chocaban en mil y un brindis. Un galán en una mesa regaba con clarete «la picadita» de la Granja mientras vichaba a una morocha que se hacía la interesante pero tenía flor de historia. Un adobadito lechón, en una mesita al costado, era el premio de una rifa que nadie dejaba de comprar. En carnaval elegían a «Miss de la Granja» entre todas las bellas que abundaban en esas veladas bailables.

Los mozos peinados a la gomina traían los espumantes y las jarras de clericó para refrescar a los bailarines y a muchas abuelas que nunca faltaban en las mesas cuidando sus «nenas» de los temibles galanes que siempre acechaban. Así fue la Granja Dominga, ahora una cálida postal que vive en la memoria de la ciudad y sus vecinos. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.

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