Amplia discusión interna sobre un TLC con EEUU

Imperialismo y libre comercio

En el Frente Amplio parece estar abriéndose paso la idea de que es necesario iniciar una amplia discusión interna sobre el significado y la conveniencia para Uruguay de suscribir un Tratado de Libre Comercio (TLC) con EEUU.

Discutirlo es imprescindible para la salud psíquica de todos los que se han interesado en el tema y hasta ahora apenas han tomado contacto con las sombras en la pared de los rubros y normativas que abarcaría el referido TLC y los argumentos que se esgrimen. Muchas cosas importantes para el país están en juego en este debate como para pensar en resolverlo con eslóganes, juegos de palabras o simplificaciones triviales.

Para empezar, no se trata de que un TLC con EEUU sea necesidad inevitable de nuestra inserción internacional, nuestra insoslayable forma de incorporarnos al mundo ‘globalizado’. Siempre se ha dicho que la opción preferencial del país era a través del Mercosur. Algunos pasos dados en estos días muestran que la batalla por mejorar nuestra inserción aquí no está perdida.

Tampoco se puede negar que un TLC con los EEUU es de un carácter sustancialmente distinto al que se tiene con México. O incluso la posible suscripción de un tratado con alguna de las grandes potencias emergentes de Asia como China e India. Un tratado con los EEUU es otra cosa.

Analizar un TLC con EEUU requiere ingresar a la cuestión del imperio y del imperialismo contemporáneo; de la relación entre la noción de imperio y su bandera más socorrida, el «libre comercio». Y situar el imperialismo actual como un momento específico del capitalismo contemporáneo.

Como ha dicho Carlos Real de Azúa, cuyo pensamiento evolucionó desde un nacionalismo conservador a un lúcido antiimperialismo, en nuestros países del Cono Sur, el neocolonialismo y el imperialismo han revestido formas mucho más sutiles que en los de Centroamérica, el Caribe y México.

 

El libre cambio de los ingleses

La bandera del libre comercio la levantó, antes que ninguna otra nación, el imperio británico. El dominio territorial y naval más extendido de la historia. Dueña de los mares, Inglaterra se apropió de la quinta parte del territorio del planeta. Entre ellos los enclaves que aseguraban la supremacía de su marina mercante y la de los navíos de guerra que la protegían. Nuestras patrias del Sur de América conocieron y enfrentaron la presión de los mercaderes y los cañones británicos más de una vez, desde comienzos del siglo XIX.

De ese modo, las planetarias posesiones coloniales fueron un factor determinante para la industrialización inglesa. La primera de la historia. El maquinismo se incrementó a ritmo de revolución.

¿Qué lo favorecía? El imperio británico. Las colonias proveían de materias primas. A las colonias se les vendía las manufacturas. De las colonias se obtenían beneficios que se acumulaban en los bancos ingleses. Durante cien años, la acumulación de libras esterlinas en los bancos de la City hizo bajar el precio del dinero que se mantuvo estable, al tres por ciento anual, durante casi un siglo.

En ese sentido, el industrialismo inglés es hijo del imperialismo británico. A la vez, habiendo arrancado primero en el desarrollo industrial, consiguiendo la primacía en el desarrollo de la moderna producción fabril, Inglaterra se apoyó en su imperio para acelerar la ininterrumpida modernización de su industria. Financiada ¿por quién? Por las colonias.

Al precio de la permanente descapitalización de las regiones sometidas, de la ruina de sus incipientes industrias artesanales, de su estancamiento y su pobreza. «Los huesos de los tejedores blanquean las llanuras de la India», dirá Nehru. A sangre y fuego. Inyectando droga, cuando era necesario, como en China.

La otra vertiente, la otra sangre con que se gestó la acumulación capitalista provino de la clase obrera. La acumulación inicial se plasmó también con la implacable explotación de los trabajadores en la manufacturas, en los socavones de las minas, en los astilleros navales. Engels describió minuciosamente las condiciones de esclavitud a la que durante decenios fueron sometidos los niños en la minería obligados a arrancar carbón durante 12 o 14 horas en cuevas a las que, por su tamaño, no podían acceder los adultos.

Cuando las protestas obreras estallaron, las clases poseedoras dieron una nueva vuelta de tuerca al desarrollo del imperio. Para evitar el estallido en la metrópolis, había que acentuar las ganancias en las colonias. Y mejorar el reparto adentro. Y la fase industrialista del imperio fue aún más predatoria hacia las colonias y semicolonias que la fase comercial que la antecediera e hiciera posible.

 

El libre comercio y los EEUU

A lo largo de sus dos largos siglos de existencia, los EEUU han librado sólo dos guerras en su territorio. Ambas fueron especialmente sangrientas. La primera fue para emanciparse políticamente y para defenderse del «libre comercio» de la corona británica. Para protegerse de la libertad del otro, del otro más fuerte.

La otra guerra (de Secesión) la libraron los industriales proteccionistas de los Estados del Norte contra los partidarios del libre comercio de los Estados del Sur. Un libre comercio este defendido por unos Estados esclavistas, productores de materias primas, ligados comercial y financieramente a Inglaterra y Francia. La segunda victoria del proteccionismo yanqui puso a los EEUU en el camino para convertirse en gran potencia.

Libre comercio sí, habían dicho, sus líderes hacia 1776, pero cuando seamos fuertes. Fueron proteccionistas hasta alcanzar, ellos también, el desarrollo de la gran industria. Situado como el país más fuerte en toda relación bilateral, los EEUU tomaron para sí la bandera del libre comercio.

 

El imperialismo norteamericano contra los pueblos de Latinoamérica

Libertad para ensayarla, obviamente, en cuerpo ajeno. De manera preferencial en sus vecinos, los americanos del Sur. En esta parte del mundo, cada intento de ejercer la soberanía recuperando el control de sus materias primas suscitó la ira y el castigo del imperio. Así ocurrió en Chile cuando entre 1886 y 1891 el presidente Balmaceda pretendió recuperar para la nación el salitre apropiado por los ingleses.

Una conspiración con apoyo en los partidos conservadores, lo condujo al aislamiento político, a romper con sus aliados del movimiento popular y finalmente al suicidio. Salvadas las distancias, todo el siglo XX de nuestra América se podría resumir en la secuencia inexorable de movimientos nacionalistas y democráticos, a veces con tono populista, intentando romper o atenuar las cadenas impuestas desde afuera. Buscando romper el control sobre las materias primeras, desarrollar la industria, leyes sociales y a veces, como en Brasil, una tímida reforma agraria.

Contra esos movimientos nacional reformistas más o menos avanzados, las clases conservadoras levantaron bloqueos e instigaron al Ejército a los golpes militares que proliferan a lo largo de la historia.

Cuando después de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética emergió como un contrapeso efectivo de la expansión imperialista estadounidense, la presión autoritaria y golpista sobre América Latina se hizo más intensa: de la creación de la OEA y el Bogotazo, desde los EEUU se alentó el militarismo y el golpismo para frenar cualquier tipo de reivindicación nacional.

 

Casi nada de asimetría, aura que me dice

El triunfo de la revolución cubana, exacerbó la pulsión intervensionista del Estado norteamericano. Se fundaron las bases de una nueva doctrina de represión apuntada a derrotar al ‘enemigo interior’. Para eso se neces
itaba tortura, guerra sucia, Estados terroristas. Todo eso, que bien conocemos, fue alentado y apoyado desde los EEUU.

Como la disputa por la hegemonía mundial no era sólo militar, los EEUU ajustaron con precisión sus mecanismos de intervención en otros campos de la vida de nuestras naciones latinoamericanas: se suceden las Cartas de Intención, el saboteo a la industria, el ajustarse el cinturón para los salarios, la presión para privatizar empresas y servicios públicos: hay que abrirle paso a las transnacionales, a la inversión extranjera y a los intereses políticos y diplomáticos del Norte.

No se puede pensar en un TLC sin reflexionar sobre estas conductas y estos antecedentes. *

(*) Ex legislador, editorialista

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