Dudas e inquietudes de un pobre mortal
Realmente, algo como para mantener en vilo la capacidad de asombro de que hablaba la semana pasada. Lo que no consiguieron los gorilas ni Sanguinetti ni Lacalle ni el divertido Jorge (por más que haya tratado denodadamente de ablandar a los gringos con su afirmación de que we are fantastic), lo conseguirá el presidente socialista Tabaré Vázquez.
Parece que, a pesar de los desmentidos oficiales al respecto, un TLC sí estaba en la agenda del gobierno. O tal vez se introdujo subrepticiamente un poco después merced a la negligencia de alguna secretaria distraída, seguramente porque el gobierno se maneja con agenda abierta, y ya se sabe el riesgo que se corre cuando uno deja abierta la agenda… Algo similar puede ocurrir cuando dejamos la casa abierta (se nos pueden colar intrusos) o la canilla del baño (se puede inundar la casa) o la boca (se nos llena de moscas); en todos los casos, las consecuencias adquieren características de catástrofe.
Ya a esta altura poco importa cómo se llamará el acuerdo ni los vericuetos y estratagemas para bautizarlo con un nombre menos irritante que la sigla maldita teelecé. El hecho es que los gobiernos uruguayo y estadounidense se encaminan a la firma de un tratado, acuerdo, pacto o convenio que implicará la apertura comercial entre ambos países, esto es, la caída de las barreras arancelarias y la eliminación de trabas y subsidios, medidas que permitirán a los yanquis ingerir más churrascos más baratos y a los uruguayos, vestirnos con pilchas usadas. (Sí, es una de las ventajas del teelecé que El País se ha ocupado de resaltar. No es una broma.)
No soy economista ni contador ni experto en temas económicos, por lo que no estoy en condiciones de lanzar afirmaciones rotundas sobre el punto como sí lo hacen los especialistas cuya bola de cristal les permite augurar una bonanza infinita después que se firme el acuerdo.
En principio debo confiar en la solvencia profesional del ministro de Economía y dar por buena su afirmación de que el tratado será beneficioso para nuestra economía. Lo que pasa es que últimamente veo con alarma que la fortaleza de una economía, su salud y su crecimiento no necesariamente se reflejan en salud, fortaleza y desarrollo de las gentes comunes y corrientes, lo que me habilita a sospechar y a tomar con pinzas ciertas alegres afirmaciones.
En primer lugar, a nadie escapa que el gran propósito –casi único y obsesivo– es vender más carne. Parece que tal es nuestro destino histórico desde que Ponsonby nos inventó –e incluso desde antes–, un destino que el doctor Batlle quiso profundizar con la idea de instalar una cadena de siete mil carnicerías en Estados Unidos. Nadie podría razonablemente negarse a aumentar las exportaciones de carne; pero uno puede intuir (porque ya tenemos experiencia al respecto) que ese incremento implicará, para los uruguayos medios, renunciar definitivamente a la ingesta de proteínas de origen bovino. ¿O alguien cree que volveremos a tener acceso al cuadril? En fin, como que el aumento de las ventas de carne al exterior supone la abstinencia interior; cuestión de compensaciones, ¿vio?
Se nos dice que el teelecé también será beneficioso para la industria láctea y la textil. Macanudo, digo yo, pero ¿y qué más? Aparentemente, eso es todo: ni pollos, ni chanchos, ni citrus, ni soja, ni arroz… Hasta aquí llegó mi amor. Pero ese amor que nos demuestran los gringos –bastante mezquino, por cierto– exige su contrapartida: no sólo tendremos que aceptar una serie de condiciones poco digeribles que nos impone el gigante del norte, sino que vamos a tener que abrir nuestras fronteras a manufacturas que pueden hacer mierda otros rubros industriales que penosamente están reactivándose.
Para empezar, me pregunto –creo que legítimamente– qué va a pasar con Funsa, por ejemplo, una fábrica emblemática recientemente embarcada en una novedosa experiencia de gestión.
Es lícito, asimismo, inquietarse por el futuro que espera a esas otras industrias –como las del Polo Tecnológico del Cerro– que empezaron a revivir gracias al esfuerzo de humildes y tesoneros trabajadores asistidos por universitarios entusiastas y confiados en el modelo de país productivo.
En aras de aumentar la venta de carne, ¿podemos arriesgarnos a tirar por la borda estas iniciativas e intentos de desarrollo nacional?
¿Podemos, sensatamente, esperar que las ganancias de los frigoríficos –aumentadas por el incremento de sus exportaciones a EEUU– se van a volcar generosamente a la sociedad uruguaya?
En fin, son preguntas que uno –pobre e ignorante mortal– tiene derecho a plantearse a veces, ¿o no?
No estoy a priori en contra de un acuerdo comercial que abra mercados a los productos uruguayos. Pero todo tiene su precio, y debemos preguntarnos si el precio que estamos dispuestos a pagar no será excesivamente caro.
Vo, Danilo, yo te apoyo en esta cuestión del teelecé si me garantizás que con el acuerdo vamos a tener el Jack Daniels más toraba. Digo, para acompañar el pavo que nos acostumbraremos a comer el Día de Acción de Gracias… *
(*) Periodista
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