La embestida opositora y sus palos de ciego
Desde poco tiempo después que el Frente Amplio ganara las elecciones, colorados y blancos, apenas repuestos de la desagradable sorpresa, debieron prepararse para su nueva función opositora en el sistema político y se aprestaron a diseñar la estrategia pertinente a tal efecto.
Cuando el presidente electo convocó a los líderes de los partidos derrotados para ofrecerles participación en el gobierno, las respuestas fueron disímiles. El partido de Rivera –abrumado, tal vez, por su magra votación– rechazó cortesmente el ofrecimiento; el de Oribe, por su parte –muy habituado últimamente a cogobernar–, anduvo a las vueltas, haciéndose rogar, jurando que sí, mintiendo que no, hasta que, con el ímpetu que les es característico, sus dirigentes bloquearon toda posibilidad de acuerdo.
Ahora bien, como quedaron en minoría en el Parlamento, la oposición que pueden ejercer los partidos tradicionales no tiene más efecto que generar alguna pirotecnia mediática (no hay votos para censurar a un ministro, por ejemplo), y sólo opera como un obstáculo para el nombramiento de ciertos funcionarios para los que se requieren mayorías especiales de las que carece el partido de gobierno; es por ello que los organismos de contralor mantienen la misma integración desde hace once años y que el Ejecutivo no puede designar al fiscal de Corte.
Limitada, pues, a una tarea casi meramente testimonial, la oposición se rasga las vestiduras, vocifera, infla globos, agita fantasmas, exige renuncias y se ofende cuando se inician investigaciones y auditorías sobre la gestión de las administraciones anteriores.
Dejo de lado la interpelación que el neoforzudo colorado llevó adelante a la ministra Berrutti, porque resultó un patético bumerán. Pero desde marzo del año pasado, fue posible ver cómo blancos y colorados (sobre todo los primeros) intentaron cumplir a conciencia su función opositora escudriñando con lupa cada decisión del gobierno en busca de alguna pifia que les permitiera golpear con éxito.
Al cabo de un tiempo y después de varios tanteos, optaron por el Ministerio del Interior como blanco predilecto de sus embestidas bagualas. La inseguridad ciudadana, la «sensación térmica» de vivir en zozobra por el aumento de los delitos violentos contra la propiedad, fue el caballito de batalla elegido. Rapiñas, atracos, copamientos, arrebatos se abaten sobre una población aterrorizada que reclama seguridad. Fieles intérpretes del sentir popular, los políticos opositores centraron el fuego de sus implacables baterías contra el doctor José Díaz, a quien responsabilizan por el aumento de la actividad delictiva.
Ellos no, ellos no son responsables. La culpa es del ministro Díaz –que no aplica el rigor necesario contra los delincuentes– y también son culpables los propios delincuentes, que no entendieron ni supieron valorar las bondades del modelo económico impulsado por los partidos tradicionales. Se automarginaron del proceso de crecimiento; se empecinaron en dejar de trabajar, eligieron vivir en asentamientos, optaron por no mandar a sus hijos a la escuela y prefirieron el camino fácil de salir a robar. (Dicho sea entre paréntesis, esos antisociales ni siquiera tuvieron la viveza de los Peirano o los Röhm, que lograron un botín infinitamente superior a la suma de todos los obtenidos en rapiñas y arrebatos sin disparar un solo tiro ni ejercer violencia alguna contra nadie; unos verdaderos caballeros).
Ahí están, esos son los culpables: Díaz y sus amigos, los matreros. Y como tales, deben pagar: que José Díaz renuncie y que lo remplace alguien con mano firme (Gavazzo, por ejemplo) de modo de terminar con la inseguridad enviando a toda esa manga de malvivientes a un establecimiento de reclusión, único lugar donde no pueden hacer daño; total, que se reeduquen o no, es secundario.
Y la gota que desbordó el vaso es que esa gentuza ha tenido la osadía de venirse a Pedelé a cometer sus fechorías. «Eso no lo toleraremos: en nuestro feudo, ¡no!», se han dicho los prohombres (y las promujeres también, para que no se enojen las feministas) que aman este país; que se vaya la jefa de Policía de Maldonado.
El lunes pasado me enteré de que la oposición –siempre alerta, gracias a Dios– ha denunciado que el Ministerio de Turismo destina cifras astronómicas (algo así como cinco mil dólares) a una campaña de prensa en Buenos Aires en la que alternan avisos de promoción del balneario junto a reportajes a Graciela López, la cuestionada jefa de Policía, mediante los cuales se pretende mejorar la imagen de la funcionaria. Ni cortos ni perezosos, dirigentes foristas anunciaron su intención de llamar a sala a Lescano para que explique la especie. Llegaron a proponer, incluso, que ese dinero se empleara en combustible para los patrulleros de Maldonado. Tienen razón: nada de andar promoviendo el turismo puntaesteño en Buenos Aires si antes no exterminamos a la chusma incivil que nos acecha y amenaza nuestro patrimonio.
Días más tarde, leo en los diarios una noticia sorprendente y conmovedora, aparentemente ajena al tema que estoy tratando aunque ya verán que no. La televisión inglesa está organizando para los primeros días de agosto un programa especial con fines solidarios. Se trata de una competición de masturbación, esto es, a ver quién aguanta más haciéndose la del mono. Si se logra batir el récord mundial, situado en las ocho horas y media, los patrocinadores lograrán donaciones para obras caritativas.
Como quien dice, un verdadero onanismo filantrópico. Se me ocurre que algunos dirigentes opositores podrían participar en ese torneo con serias posibilidades de éxito; de paso, podrían recaudar fondos y destinarlos a mejorar la represión policial en Maldonado. ¿Qué les parece? *
(*) Periodista
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