Rebella
Yo no conocí a Juan Pablo Rebella.
Sin embargo, estoy sintiendo profunda y dolorosamente su muerte.
No es extraño. A quienes la vida nos ha dado ya unos cuantos años y unos cuantos padecimientos, toda muerte joven nos parece un desatino y una injusticia. Claro, la vejez también trae la mínima sabiduría de entender la fragilidad humana, la finitud estremecedora de la existencia, las circunstancias que nos acechan cada día con su traición.
Pero además, cuando muere un joven y yo sé demasiado de muertes prematuras- se percibe la misma tristísima sensación que cuando se quiebra la frágil rama que sostiene un jazmín recién abierto. Qué flor todavía más hermosa podría haber sido, se dice uno con lágrimas del fondo de su alma.
Guillermo Casanova, otro joven creador a quien sí tengo el orgullo de conocer y cuya amistad me honra, dijo: «Si van a hablar algo, me parece que hay que hablar de él como persona, como individuo».
Creo que Guillermo quiso rescatar, en medio de la congoja, la esencia de las cosas. Es hasta sencillo escribir, aun desde la más absoluta sinceridad, acerca de una obra, de unos proyectos, del arte, ya expresado y creciente, de un creador, de una búsqueda que se ha interrumpido; tal vez no lo sea tanto escribir del significado porque hasta el aparente absurdo tiene un significado- de lo intrínseco de alguien que, quizás, tenía todo por delante y que, quizás, también pensó, y hasta pudo hacerlo en una ráfaga fatal, en un instante terrible, que ya no valía la pena.
Entonces yo, que no vi «25 watts» ni «Whisky», estoy escribiendo estas humildes líneas mientras lloro en silencio. Como si hubiera conocido a Juan Pablo Rebella desde siempre. Como si hubiese sido mi hijo.
Es en estos momentos que a uno, que ha vivido el doble de los años del que se ha muerto, le entran unas ganas locas de echar el tiempo atrás, como si pudiese ser Dios, y cambiar el guión.
Porque nunca sabrá qué hubiese podido hacer con una palabra, una sonrisa, una mirada. *
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