La gran ilusión
Por aquellos días la Plaza Independencia también tenía tremendo ajetreo. Omnibus y pasajeros subiendo y bajando. Muchos compadritos se largaban de la plataforma de atrás con el colectivo marchando. Una carrerita para ir frenando, si no te hacías puré, y si estabas en la rinconada norte llegabas a la puerta de flor de boliche. Unos pasos antes de Ciudadela estaba el Antequera. Por fines de los años 50 fue su auge. Bastión de la época dorada de los montevideanos cafetines, siempre estaba abierto.
Durante el día lleno de guardas con la cartera de cuero colgando del hombro y conductores que entraban sacándose la reglamentaria gorra. Muchos «gestores» que laburaban por la Ciudad Vieja se daban una vueltita para saborear el café al paso «molido a la vista», como decía un cartel en la puerta. La noche envolvía al boliche en una penumbra cómplice. Noctámbulos y náufragos de soledades se perdían en sus mesas. Apenas entrabas te llamaban la atención unos secos ruidos que llegaban del fondo. Eran los vasos de cuero y sus dados que los apostadores volcaban sobre las agrietadas mesas. Al lado de los baños la timba llamada «La Generala» era dueña de las pasiones. Tipos veteranos, serios y sin palabras, cumplían ese rito mientras afuera la madrugada trepaba el cielo de la plaza. Dados que giraban incesantes y caprichosos. Algunos jugaban al dominó pero al verles la caripela te dabas cuenta de que ahí también lo hacían por la plata. En esa pared del fondo había un gran afiche pegado con chinches. Lo había traído unos años atrás un francés que frecuentaba el boliche. Dicen que era muy adicto a los dados y al biógrafo, sus dos grandes metejones. Pidió permiso y le dejaron pegar ese afiche de la película de Renoir «La gran ilusión».
Por años, aunque el francés un día desapareció, quedó la imagen de Jean Gabin haciendo pinta en la descascarada pared. ¿Casualidad o una fina ironía de aquel franchute? Lo cierto es que «las ilusiones» entraban y salían de los flacos bolsillos de aquellos timberos que se amasijaban todas las noches. Por precaución la guita nunca aparecía en las mesas y muy a la sordina pasaba de uno al otro. En la entrada haciendo codo en la barra, los curdas conversadores y un canillita que intentaba vender un diario que le quedó de clavo. A eso de las dos de la matina el mozo prendía la grandota radio y se escuchaban suavecito los tangos y milongas de aquellos programas llamados «bailables».
Cuando había bronca, aparecía siempre el mismo guardiacivil. Todos hacían molde y un tipo muy caliente por haber perdido hasta el aliento salía taconeando y se perdía en la plaza de enfrente. ¡Chau Pinela, marchaste! iba murmurando. Pero le quedaba el consuelo de saber que de madrugada el Antequera lo estaría esperando. Porque en la timba y en la vida siempre tenés la revancha. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AMLIBRE
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