A los 90 años trascendió ayer la psicóloga Ida López Silveira, maestra radiante de la vida

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En una emotiva ceremonia fueron inhumados ayer en el Cementerio del Buceo los restos mortales de la sicóloga Ida López Silveira, acompañados de centenares de personas que recibieron el fruto generoso de su vida, un verdadero racimo solidario cargado de semillas que distribuyó a través de sus 90 años de existencia.

Hijos,nietos,bisnietos,familiares,amigos,pacientes,integrantes de los grupos cristianos de reflexión y colegas de su profesión, se dieron cita para despedir a esta mujer ejemplar.

El cuerpo fue llevado a pulso por amigos y familiares desde la casa mortuoria, ubicada en las adyacencias del cementerio del Buceo, hasta su tumba.

Durante todo el recorrido los participantes entonaron canciones elogiando a la vida solidaria y al amor, atributos que ostentaba a raudales la desaparecida «Idita».

En la sala velatoria un violín la homenajeó durante media hora y fueron leídos textos sobre su pasaje por la vida, entonándose canciones religiosas.

Sus nietos, Freddy Fasano y Rosario Fasano, expresaron al pie de su tumba sus sentimientos más profundos ante la muerte de su abuela, mientras que su nieta Magdalena Fasano envió desde París, donde vive con los bisnietos franceses de «Idita», una emotiva carta que fue leída por sus hermanos. La emoción de los presentes se desbordó con un cerrado aplauso.

Culminando la ceremonia, el director de LA REPUBLICA, Federico Fasano Mertens, hizo una semblanza sobre la vida generosa y corajuda de la abuela de sus hijos.

Dijo Fasano: «Ha dejado de latir uno de los corazones más alegres y vitales que conocí en mi vida. Voy a despedirme con unas palabras de «Idita» aunque sé que ninguna palabra podrá cubrir su ausencia. Parecía un ser frágil y nos probó a todos que lo blando es más fuerte que lo duro, así como el agua es más fuerte que la piedra y el amor más fuerte que la violencia. Nació en 1916 en un hogar integrado por un legislador del Partido Nacional, médico de Tacuarembó que le enseñó cómo prodigarse ante sus semejantes necesitados y una madre especial, la entrañable «Mima», que le transmitió sus genes de la alegría permanente. Idita tuvo además dos hermanos también muy especiales, Juan José López Silveira, «el tape», coronel del Ejército uruguayo y miembro del Partido Comunista del Uruguay, que junto con su hermano Román, abandonó familia y país y cruzó el océano para ofrecer su vida por la República española asediada por el fascismo franquista. Juan José retornó vencido pero no derrotado tras comandar las brigadas internacionales junto al genial pintor comunista David Alfaro Siqueiros, mientras Román, su hermano del alma, perseguido por las tropas franquistas muere en un campo de concentración de refugiados republicanos.

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En ese crisol se forjó nuestra «Idita», racimo generoso cargado de semillas que prodigó a raudales a los que más las necesitaban. Cuando su hija mayor, la inolvidable Charo Márquez ingresa a la Facultad de Medicina, decide emularla y se inscribe en la Facultad de Humanidades.

Tenía casi 50 años cuando comienza su vida universitaria. Se recibe de licenciada en psicología y ejerce más de 40 años esa profesión, que no interrumpió ni hasta hace unos días cuando fue internada. Hubo que avisar de apuro a pacientes que estaban citados en estos últimos momentos de su vida.

En la Facultad se une a la lucha contra el despotismo y los jóvenes la eligen, por su edad insospechable, de correo clandestino. Por razones de seguridad debe abandonar por un tiempo el país. Al volver continúa su militancia en los grupos cristianos de izquierda, adhiriendo con toda sus fuerzas al evangelio de los pobres y los desamparados, apoyando las ideas de Teilhard de Chardin, y de los sacerdotes uruguayos Juan Luis Segundo y Justo Asiaín Márquez. Irradiaba la dicha de escuchar, aconsejar, cantar, bailar el tango, tocar el piano, actuar en grupos de teatro, pintar, evangelizar, en suma vivir, vivir, vivir. Su lema, repetido hasta el cansancio, era disfrutar sin poseer. Ya cumplidos los 90 años, seguía asombrando a todos con su vitalidad. Como la peor vejez es la del espíritu podemos decir sin temor a equivocarnos que Idita no envejeció porque su espíritu no lo hizo.

Ante la muerte de sus tres hijos mayores, Charo, Juancho y Pedro, su espíritu creció y sostuvo en vilo como nadie lo hizo a quienes no teníamos consuelo ante esas injustas y tempranas pérdidas. Ante la muerte de un ser ejemplar no nos pongamos tristes. Nada de tristezas. Estamos aquí para celebrar la inmortalidad de la alegría, de la entrega, de la generosidad.

Además la muerte no llega con la vejez, llega con el olvido. Y a Idita no se la puede olvidar. Es tanta la huella que dejó entre quienes disfrutaron de su existencia que será imposible olvidarla. Hasta siempre, Idita, maestra radiante de la vida.» *

 

 

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