País productivo
Ayer me referí, con respetuoso humor, a las estrategias de nuestra central obrera. La idea de «país productivo» surgió ahí como una asignatura pendiente que los trabajadores quieren saldar.
Curioso lo que pasa con esa idea. Está en el programa del gobierno y fue aceptada prácticamente de forma unánime. Sin embargo, ha generado en diversos sectores –el MPP, el PIT-CNT y otros– la sospecha de una pinchadura o, al menos, de un frenazo por parte de la conducción económica.
En esta dialéctica hay mucho paño para cortar, hacia un lado y hacia el otro, porque, a fin de cuentas, todos dicen que buscan lo mismo.
Soy de tranco corto. Nadie me pida que opine acerca de qué quiere decir un país productivo, y mucho menos sobre soluciones globales para conseguirlo. Mi tema por ahora es uno solo, definido y hasta recurrente: las cooperativas. Ah, esto sí lo tengo claro desde hace muchísimo tiempo. No hay una economía como la nuestra que pueda independizarse sin el apoyo de las cooperativas. Y a éstas, por lo que se ha sabido, el proyecto de reforma tributaria les da como en la guerra. Por ejemplo, propone derogar la exoneración de aportes patronales al BPS que las ha beneficiado hasta ahora.
¿Qué se quiere hacer con las cooperativas? Una cosa es ordenarlas, regularlas mejor, modificar en sentido constructivo sus tributaciones. Otra cosa es matarlas.
Hace más de cuarenta años, Paul Lambert describió sus virtudes para la transformación económica: la autoayuda, su naturaleza voluntaria, la autonomía democrática, la exclusión de la idea de lucro, su misión educativa y su naturaleza socialista. Nadie, hasta hoy, ha podido discutir siquiera una de tales virtudes.
¿Entonces, ministro Astori?
No le vaya a pasar, al final, como a Prudencio Di Pepe, quien, en un artículo titulado «¿Por qué estamos desplatados?», debió confesar: «La prognosis era buena, pero después, lo que siempre pasa, en el mercado se notó una contracción de la demanda y aquí nos tiene, bastante charcones». *
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