TITAN GOYO
Mircea Eliade, en su monumental «Historia de las creencias y de las ideas religiosas», dice que «sobre todo para la época antigua conocemos muy mal los ritos secretos, y más aún lo referente a su significado esotérico».
Por eso estaba releyendo cierta parte de esta obra -la que abarca la etapa de Dióniso- y, de pronto, se me mezclaron algunos pensamientos.
Cuando leí que Dióniso tuvo más de un nacimiento, recordé que lo mismo ha pasado con la democracia uruguaya. Cuando leí acerca de la aparición de los Titanes, recordé a ciertos militares uruguayos. Y cuando leí cómo esos Titanes se aproximaron al niño Dióniso -cubiertos de yeso para no ser reconocidos, se hizo aún más fuerte la imagen de tales individuos y estalló en mi memoria el recuerdo de su estrategia para dorar la píldora a los ingenuos.
Después, continuar la lectura atravesado por tamaños recuerdos terminó siendo una experiencia penosa. Porque el episodio más dramático del mito es el desmembramiento del niño y su cocimiento en un caldero; al hacerlo, según Eliade, «los Titanes se comportan como oficiantes de una iniciación». Y a mi memoria de viejo le dio por recordar cómo los militares desmembraron y cocinaron a un pueblo para dar comienzo, según dijeron entonces, «a una nueva nación».
Afortunadamente, no paré de leer. Y digo así porque, casi a renglón seguido, Eliade me cuenta que, tal como ha sido comprobado por los especialistas, en aquella época «el ser cocido en un caldero o el paso por el fuego eran ritos iniciáticos que conferían la inmortalidad». Claro, la democracia es inmortal. Aquellos militares creyeron haberla desmembrado y cocido y miren qué ocurrió.
Y el final de esta breve lectura me deparó la frutilla de la torta: «En una religión que proclamaba la supremacía absoluta de Zeus, los Titanes no podían desempeñar su cometido demoníaco y fueron fulminados».
Recordé de inmediato que, en pocos días, el Goyo comparecerá ante la justicia, la verdadera justicia.
Otro titán al suelo. *
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