PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

Campeón mundial

Larga un nuevo Mundial. Los profesionales y los vivillos y acomodados de siempre ya andan pisando el suelo alemán. Por acá, los vecinos con el mate y envueltos en bufandas por las restricciones se pegan a la caja boba. Y estamos de acuerdo que el fútbol uruguayo es puro «paco» y por eso nos eliminaron unos rústicos canguros. La memoria se transforma en una guinda de cuero y nos consuela con las glorias de la vieja camiseta celeste.

El pibe del barrio Bella Vista, con apenas 14 añitos, andaba alborotado con aquel Mundial de Fútbol del 30 en un inaugurado estadio. Ese botija flaquito entraba y salía del bar Ferrocarril, de Uruguayana y Olivos, donde todos comentaban la final de ese campeonato. Montevideo no hablaba de otra cosa que no fuera ese partido con el seleccionado argentino. Los porteños habían llegado en enorme cantidad y junto a los uruguayos que hicieron colas que llegaban hasta los canteros del parque, entre todos llenaron el flamante coliseo. Aquel pibe junto a su fraterna barra de amigos arrancó temprano en un camión que no paró hasta las cercanías del estadio. Cachilas y bañaderas estacionadas por doquier y hasta arriba de los canteros. Estaba lleno de ómnibus del Interior porque la Selección tenía mucha gente de tierra adentro. Y en las afueras de la tribuna América y parte de la  a medio construir  Amsterdam estaban los coches argentinos. Eran cuidados por guardiaciviles a caballo y en los parabrisas y puertas tenían carteles con la palabra «campeón» porque ni soñaban con perder. El pibe y su barra sabían que sus jugadores no los defraudarían. Eran personajes del barrio Bella Vista que diariamente convivían con esos botijas tomando mate o en el potrero. Había uno grandote que le llamaban «el terrible», el gran capitán Nasazzi. También había otro que en la playa Capurro acribillaba a ese pibe que soñaba con ser golero. Era el querido Pablito Dorado.

El mismo que en la suave arena de la infancia siempre está sonriéndonos y gritando «Â¡dále pibe, atajáte esta otra!» También era un orgullo para esa barra el poder conocer al maravilloso Leandro Andrade que siempre veían en sus habituales recaladas en el club El Moscón, de Uruguayana y Maturana. Y ese botija flaquito se conmovía con el canario Iriarte a quien conocía de El Reducto y aquel Salón Astros de Zapicán y Caridad. Ahí se armaban tremendos picaditos y el canario descalzo o en zapatillas se entreveraba con esos pibes aunque ya era muy famoso. El gurí y su barra como todo el estadio jamás olvidarán aquella magia de Iriarte. Una corrida frente a la Amsterdam, pegado a la raya, hizo detener la pelota y él siguió corriendo unos metros seguido por el recio marcador Stábile que no entendía cómo había desaparecido la guinda. El canario dio un giro de vértigo y volviendo atrás levantó el centro que fue el inicio de uno de los 4 goles celestes.

El golazo de Pablito Dorado lo hizo tener lástima del golero argentino Bosio pues el pibe conocía de la playa la potencia de esos tiros. Después fue la vorágine callejera que inundó la ciudad al grito de «campeón mundial». Ahora cuentan que ese chiquilín es un viejo escribidor que muy terco se dedica a garabatear sus recuerdos. Con más estampas del ayer y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.

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