El inmigrante rebelde
Adrián nació en Moalde, Galicia, el 3 de enero de 1869. Tenía sólo 11 años cuando sintió que su tierra no le ofrecía un buen futuro y se embarcó clandestinamente con destino a Buenos Aires. No pasaría mucho tiempo antes de que aquel polizón recién asomado a la adolescencia se convirtiera en uno de los más activos militantes del movimiento obrero argentino.
En Buenos Aires fue panadero y en pocos años llegó a la dirección de su gremio, donde compartió duras luchas con sus compañeros, en su gran mayoría inmigrantes anarquistas.
Libros, folletos y artículos periodísticos de Kropotkin, Malatesta, Bakunin, Reclus y otros teóricos ácratas fueron sustentando la ideología de Adrián, al igual que los contactos permanentes con los militantes anarquistas, sobre todo españoles e italianos, que ya estaban influyendo de manera decisiva en numerosos sindicatos de todo el país.
La actividad sindical de Adrián coincidió con el impetuoso fortalecimiento del anarquismo en Argentina. En esa época no sólo comenzó a crecer de manera constante el número de activistas libertarios.
También se incrementaron raudamente los periódicos de esa tendencia, en su mayoria concebidos para trasladar la teoría a un lenguaje propagandístico y agitativo.
En ese marco fueron los anarquistas quienes organizaron casi todas las grandes huelgas y manifestaciones que asediaron a los sectores dueños del poder político y económico. La movilización obrera y una serie de operativos de acción directa pusieron la situación al rojo vivo. Argentina se estremeció. No mucho después el gobierno declaró el estado de sitio.
Adrían fue una de las figuras más destacadas de la insurgencia popular.
Su nieta Hebe Troitiño dice:»Mi abuelo estuvo en todo eso pero nunca tiró una bomba en lugares donde había gente».
Hacia principios de 1902, en tanto crecía la movilización obrera, el parlamento argentino aprobó una ley que permitía expulsar del país a «extranjeros indeseables», con la que el gobierno buscaba librarse de los inmigrantes anarquistas que consideraba «más peligrosos para la estabilidad institucional».
Pocas horas después de haber sido aprobada la ley, comenzaron los arrestos. En sólo seis días se registraron unas 500 detenciones. Sin embargo, el gobierno no logró decapitar al movimiento anarquista, que continuó operando sin dar muestras de debilitamiento.
Los allanamientos masivos y las requisitorias y persecuciones arreciaron. Adrián fue encarcelado y se libró contra él una orden de expulsión. Una crónica periodística anunció: «El gallego anarquista Adrían Trotiño y varios de sus cómplices serán conducidos a un barco que los alejará para siempre de nuestra patria, a la que nunca debieron haber venido».
Pero Adrián y sus compañeros no se alejaron mucho de Argentina. Cuando el barco hizo escala en Montevideo, el entonces presidente uruguayo, José Batlle y Ordoñez, los autorizó a quedarse en nuestro país. Adrián encontró una patria y Uruguay ganó a un hombre excepcional.
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