A veces la prudencia y la sensatez pueden no ser conductas responsables

Docentes: los eternos postergados

Es el primer paro de estas características en esta rama de actividad que debe enfrentar la administración del doctor Vázquez; el único paro de docentes en 14 meses.

¿Las razones? Pues aunque cueste creerlo, son las mismas que determinaron medidas de lucha similares bajo otros gobiernos «no progresistas» sistemáticamente denunciados como insensibles y mezquinos a la hora de otorgar partidas presupuestales. Esta avaricia era la causante de la realidad de deterioro material de la enseñanza pública: carencias locativas, grupos superpoblados, falta de materiales didácticos y… sueldos indecorosos.

Nadie podía sensatamente pretender que esa situación calamitosa se revirtiera de la noche a la mañana con la asunción del nuevo gobierno. Todos éramos conscientes (y seguimos siéndolo) de las dificultades que debe enfrentar el gobierno, de la herencia maldita legada por las anteriores administraciones irresponsables, de la necesidad de mantener un delicado equilibrio a la hora de administrar y asignar los menguados recursos de que dispone el erario para hacer frente a las legítimas demandas de los sectores más sumergidos de la administración pública.

Pero al cabo de más de un año de gobierno, las razonables expectativas de que se vislumbrara un atisbo –o se advirtiera la voluntad política– de mejorar las condiciones de trabajo y los salarios de maestros y profesores se derritieron y terminaron evaporándose por efecto del calor con que el equipo económico posterga las aspiraciones de los docentes y prioriza la macroeconomía por sobre las necesidades de algunos sectores. Y los maestros y profesores ven, con amargura, que los aumentos salariales que con cuentagotas otorga el gobierno están en un mismo nivel que los ajustes decretados por los gobiernos anteriores.

El año pasado, una de las primeras medidas adoptadas por el MEF fue otorgar aumentos considerables a aquellos de sus funcionarios que aceptaran la propuesta de trabajo full-time. El criterio es correcto pues la dedicación exclusiva exige como contrapartida un incremento salarial de manera de compensar al funcionario que renuncia a tener ingresos extras por otra vía. Cuando se aprobó esta disposición para los funcionarios del MEF, muchos ciudadanos se alarmaron por considerar que los aumentos de sueldo con que se beneficiarían dichos empleados eran exorbitantes o, al menos, un tanto excesivos; para algunos funcionarios esto les significó duplicar sus estipendios.

Reitero que no me parece mal que la dedicación exclusiva sea recompensada con un incremento de las remuneraciones; me parece de toda justicia que se pague más a quienes se prohíbe trabajar en otro lado. Claro que no es el caso de los docentes; maestros y profesores no tienen esa prohibición: pueden dar clases en una escuela pública y nadie les prohíbe que lo hagan, además, en una privada o en otro turno; los profesores tampoco tienen límite y pueden llegar a dar clase en todos los liceos públicos y/o privados que lo deseen, llegando a totalizar cuarenta o más horas de trabajo semanales. Esto sin contar el tiempo que deben dedicar a preparar las clases, a corregir cuadernos, deberes y escritos, y a cumplir las formalidades administrativas inherentes al desempeño de su cargo: llenar planillas, boletines y otras tareas por el estilo.

¿A nadie se le ocurrió que –al igual que los jueces o más recientemente los funcionarios de la DGI– la tarea docente debería ejercerse bajo el régimen de dedicación exclusiva? ¿O alguien cree que un maestro o un profesor está en condiciones de afrontar el multiempleo? ¿Es razonable suponer que un docente que trabaja más de cuarenta horas semanales está en condiciones de educar, es decir de formar a los jóvenes, sin poner en serio riesgo su salud física y mental? ¿Puede sensatamente esperarse una calidad de enseñanza que lleve a un correcto nivel educativo con docentes desgastados, estresados, alienados y empobrecidos?

Yo entiendo que hay que fomentar la inversión productiva y apostar al crecimiento. Ya sé que hay que hacer crecer la torta para que las porciones que se reparten sean más suculentas. Pero mientras tanto, ¿qué? ¿Tenemos que seguir esperando que los ricos se enriquezcan más así les duele menos lo que el Estado les retenga para distribuir más equitativamente la riqueza? ¿Tenemos que esperar a que empiecen a funcionar las plantas de celulosa exoneradas de impuestos? ¿Tenemos que esperar a que se firme el tratado de libre comercio para que los frigoríficos puedan aumentar sus exportaciones de carne (que parece que se está agotando)?

En fin, son preguntas que uno se hace. El problema es que hace demasiado tiempo que uno viene haciéndoselas.

Ya sé que debemos ser razonables, sensatos y prudentes, que la realidad a veces nos impone cosas que no nos gustan; también sé, perfectamente bien, que los organismos internacionales nos elogian por nuestra responsabilidad en el manejo de las finanzas y que nos suben la nota. Pero a veces pienso que no vendría nada mal un poco de insensatez y de imprudencia, porque a veces la prudencia y la sensatez pueden no ser conductas responsables. Digo esto porque si en el adjetivo responsable subyace la idea de responder por algo, parece claro que la enseñanza es uno de los sectores que no ha recibido hasta ahora una respuesta clara. *

(*) Periodista

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