Buenos Aires, 29 de febrero de 1976

Carta de Zelmar Michelini a su hija Elisa

Elisa Michelini, en febrero de 1976 estaba presa y aislada --en calidad de rehén-- en un cuartel de Montevideo. Allí se enteró poco después de la suerte corrida por él. Las frases en negrita corresponden a subrayados de la censura militar.

Sábado 20 de mayo de 2006 | 3:53
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Eli, hija mía: Siempre me ha sido difícil escribirte, no por falta de tema ni de deseos de expresar sentimientos o emociones, sino por la dificultad de hallar las palabras exactas, precisas y sobre todo por la voluntad de no crear, con mis frases, un motivo de inquietud para ti. Además, me ha perturbado siempre el hecho de que las cartas puedan no llegarte, pues la censura, siempre subjetiva puede descalificar cartas sin que nunca pueda saberse la verdadera causa que impidió su llegada. Pero esta vez, habida cuenta de las circunstancias que estás viviendo, mi dificultad es sí un gran deseo de poder estar junto a ti, para darte con un beso y un abrazo muy fuerte todo el cariño que siento por ti, la impotencia que me carcome, la necesidad de que sepas cuánto y con qué intensidad siento tu ausencia. Estos días, cuando tuve la dicha de estar rodeado por siete de tus hermanos –sólo faltaban Rafa, Felipe y tú– pensé en lo que será la mesa el día que podamos estar juntos y cuáles serán las condiciones que estaremos viviendo. Sé que ese día llegará. Fe y esperanza y ánimo es lo que nos sobra a todos nosotros. Por consiguiente, lo importante es enfrentar esas circunstancias y superarlas. Para ello vuelve siempre a mí la anécdota de alguien que mucho sufrió y padeció a través del tiempo, que tanto se llamó Jesús con su calvario en la cruz como los miles y miles de seres anónimos, cuyo nombre no recogió la historia y que tuvieron los mismos padecimientos que aquellos que han sido mártires de la humanidad, sacrificándose por sus convicciones, afrontando su destino con la alegría y resignación, de los que están seguros de decir su verdad. Esa anécdota hablaba de la paciencia, inevitable, imprescindible para sobrellevar los momentos aciagos, esperando el despertar del nuevo día la luminosidad que sucede a la más oscura de las noches. Si algo enseña la historia, es que la justicia triunfa y los poderosos ocasionales, desde los días de la lucha para la liberación de España, por ejemplo, son los eternos perdedores. Cristo enseñó que había que redimir a los humildes y su lucha fue contra los opresores, contra los que aparentemente todo lo tienen menos la verdad y la justicia. Y si te cito a Cristo, tú sabes que no soy católico, es precisamente porque su imagen es inatacable, pero muchos como él, sin practicar su religión, pero su misma voluntad e igual meta, dieron su vida por la redención de esa gente eternamente castigada. Sé de tus dificultades y de estas circunstancias penosas, pues bien, ten la seguridad de que eres motivo constante de recuerdo cariñoso, tanto de tus hermanos, como de tu madre y especialmente mío, ya casi tres años sin verte, después de habernos visto y conversado tan asiduamente. Dos cosas tengo que pedirte y sabes que no lo he hecho antes nunca. La primera es aquel verso que dice: “Con alegría vivo, con alegría combato y con alegría muero. Que nunca la tristeza se asocie a mi nombre”. La otra es que recuerdes en tus momentos de mayor debilidad y soledad, que ni aun sola, estás sola. Que ni aun débil, eres débil. Que todos los seres que quieres, están junto a ti. En ese mismo instante que tú piensas en ellos, buscando en sus nombres queridos y en su recuerdo la compañía imprescindible para afrontar lo venidero, ellos están pensando en ti, recordándote, viviendo tu situación, compartiendo tu angustia, presentes tú en su pensamiento y en su corazón. Y cuando te sientas débil, cuando creas que la conjunción de hombres y elementos pueda haber quebrado tu ánimo y tu voluntad, tienes que recordar que hay algo en ti, que es sólo tuyo, a lo cual nadie puede llegar, que es tu mente, tu corazón, tu inteligencia. Las derrotas y las victorias, no son nunca transitorias ni ocasionales. Hay una sola victoria, final, definitiva. No hay victorias parciales. Ten también en cuenta eso, con la misma fuerza con que te pido que sepas que estamos junto a ti y que nadie, nunca nadie, podrá entrar ni en tu corazón ni en tu mente. Así los días serán más fáciles, las desventuras más pequeñas, las dificultades menos frecuentes. Y las alegrías, más fuertes y firmes. Y que cada día que transcurre, el reencuentro está más cerca, es más nuestro. El poeta dijo, todo pasa y todo llega. No lo dudes, es una gran verdad. Te quiero mucho, te queremos mucho. Perdona esta carta, pero creo que es bueno que la leas y me ha hecho bien escribírtela. *

PAPA

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