Pa’ calentarse
Será un invierno bravo. No tanto por las temperaturas –incógnita insondable debido al estado de perpetuación del error en que viven los meteorólogos uruguayos– sino por la necesidad de ahorrar energía.
Debemos asumir esta realidad con sentido patriótico y con originalidad. Si hay que reducir el consumo de gas, de supergás, de queroseno, de electricidad y de cualquier otra cosa parecida, nada impide que apelemos a nuestro ingenio de sobrevivientes nunca desmentido. Por eso he decidido proponer varias alternativas, a elección según las circunstancias, para calentarse.
Escuchar, durante ocho horas diarias, aquel discurso de Chirolita en el que decía, con un gesto que le tiraba el chico lejos a Tristán: «Uruguayos, argentinos, ¡noventa días, sólo eso pido, noventa días, uruguayos, argentinos!»
Colgar en la pared que da frente a la cama la foto del paraguayo que afanó a Nacional, el pelado Torres. (Si es posible conseguir una en la que esté de frente, sonriendo y guiñando un ojo).
Llamar al subdirector de la OPP y preguntarle, al estilo del profesor Tangalanga, por qué carajo no se deja de joder y le sugiere a Astori un aguinaldo para los jubilados; se recomienda, no obstante el frío que se esté padeciendo, escuchar la respuesta con el auricular alejado del oído.
Leer de corrido el último libro de Jorge Bucay y descubrir que uno ha sido un gran pelotudo, que no es feliz porque no quiere.
Sólo para mayores de setenta y cinco años: escuchar cuarenta veces al día a Gardel cantando «que veinte años no es nada».
Si hay que ir a buscar calor duradero afuera: abrigarse bien y asistir, como observador, a la reunión del Comité Central del PCU en la que trate los avances logrados por Tabaré en la relación con Estados Unidos.
Para calentamiento rápido: prestar atención a cuántas veces por día Juan Carlos Scelza dice, hablando de sí mismo, «nosotros, en lo personal» y descubrir, en un tiempo máximo de treinta segundos, a qué gramática prehomínida pertenece esa expresión.
No hay de qué. *
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