Hace 11 años les prohibieron ingresar a las aulas por no tener vacunas

La familia Borgogno en la actualidad da charlas a los alumnos de las escuelas

Por no estar vacunados dos de sus hijos, la Justicia ordenó la inmunización química obligatoria; los Borgogno se opusieron argumentando sus convicciones naturistas y se exiliaron en la vecina orilla. Tiempo después retornaron y mientras los chicos se veían impedidos por las autoridades de la época de cursar estudios hasta que no cumplieran con aquella exigencia, sus padres iniciaron una campaña internacional en defensa de sus derechos. Los Borgogno organizaron las más diversas formas de movilización, pidiendo que se les canjearan certificados médicos –en los que se dejaba constancia que vacunar a los menores les causaría perjuicios a su salud– por el certificado esquema de vacunación.

Esta demanda recién se concretó en marzo de 2005, apenas asumió la ministra de Salud Pública, doctora María Julia Muñoz.

Miles de firmas recogió en aquel tiempo la familia naturista coloniense, en apoyo a su solitaria causa. Desde distintos países del mundo también llegaron mensajes de solidaridad y su historia se transformó en un libro que escribiera el periodista e investigador Luis Udaquiola.

 

¿En qué están hoy los Borgogno?

Una vez solucionado el conflicto, el silencio tendió un espeso manto sobre los Borgogno-Arce y ningún comentario más se ocupó de contar por qué rumbos siguió la vida de esa familia. LA REPUBLICA pudo saberlo en charla con el jefe de familia, Juan Carlos Borgogno, quien –para nuestra sorpresa–, indicó que desde el año pasado «mis hijos están concurriendo a las escuelas de Tarariras, a dar charlas sobre temas en los que ellos se han especializado».

Por ejemplo, las pinturas rupestres existentes en cuevas de nuestro país es uno de los asuntos que abordan ante el atento auditorio infantil, en los mismos centros educativos a los que no se les permitió asistir 11 años atrás por no vacunarse y por defender con firmeza sus principios naturistas.

«También dan charlas sobre hierbas autóctonas, sobre leyendas del campo uruguayo, y están muy bien conceptuados tanto por las maestras como por los inspectores», explicó Borgogno, con indisimulado orgullo. Acerca de la situación que les tocó vivir durante tantos años, sólo hay un comentario: «Parecía una historia de la Edad Media, todo lo que hicieron las autoridades de la administración anterior». Juan Carlos es albañil, afortunadamente con bastante trabajo en su zona. Su esposa Susana es maestra y mucho tuvo que ver en la formación y capacitación, en la soledad del hogar, de los chicos que habían quedado fuera de los cursos formales de Enseñanza. Once años después, a los hijos de esta familia se les ilumina el rostro cada día que entran a un salón de clase en actitud pedagógica y cosechan la mejor paga: la mirada atenta de un niño al que le parece cuento que en su pueblo alguna vez ocurrió una historia así. *

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