"La Gioconda" puede ser una burla de Leonardo Da Vinci
La verdadera identidad de la mujer que Leonardo «llevó a la fama» aún hoy continúa siendo motivo de controversias. Están los que afirman, tal vez sin la suficiente documentación, que la señora era florentina y esposa de Francesco del Giocondo. Este argumento quizás, puede llegar a justificar el nombre o «título»-, por el que el propio artista reconocía la obra. Parece ser sin embargo, que el nombre Giocondo se daba con cierta regularidad en el entorno del pintor. En su libro «Mona Lisa, mujer ingenua», Giuseppe Pallanti cuenta la historia de Lisa Gherardini, nacida en Florencia en mayo de 1479, esposa de Francesco del Giocondo y modelo del pintor. Durante décadas, no son pocos los inspirados creadores, fueran escritores, poetas, pintores o el público que ha tenido la posibilidad de contemplar el cuadro a poca distancia, que se han preguntado «¿de qué se ríe esa mujer?» O dicho de otro modo: «¿Qué esconde esa extraña sonrisa?» Sin descartar el interrogante no menos recurrente: «¿En verdad se estaba riendo?» Por más que se ha investigado, estudiado y especulado más que nada, con las razones que movieron hace casi 500 años, a una dama de mirada penetrante y distante, a esbozar esa ambigua mueca en su rostro, nadie ha podido encontrar la respuesta acertada, o la dilucidación del persistente enigma. Se ha llegado ha hablar inclusive, de la existencia de algunas cartas -o textos que recogían conversaciones-, entre el alto representante de una dinastía europea los Bhátory-, y Leonardo Da Vinci, en las cuales el genial artista hablaría de Mona Lisa o de La Gioconda, casi hasta con desdén.
La eterna burla
Algunos expertos opinan que en general, Da Vinci daba poca importancia a sus obras, pero a ésta mucho menos. Siempre, según lo que se desprendería de las supuestas «confesiones» del pintor, estampadas en estos documentos, su oscuro deseo habría sido legar a la humanidad un gran signo de interrogación, una burla permanente y enigmática, tan fina y sutil que ni siquiera los propios burlados alcanzarían a captarla. Para ello, el artista se habría valido de la imagen de alguien que bien podría no existir en la vida real, o de otro modo, ser un rostro que no hacía otra cosa más que reflejar el propio sentimiento y estado de ánimo de Leonardo, algo así como un rostro con la suma de todos, o de ninguno. ¿Quién se burla de quién? En tiempo de interpretaciones, los hay que ven en ese rostro un «himno a la inexpresividad», o el ejemplo mayor de tristeza y desolación, están los que hablan insistentemente de «la sonrisa» de La Gioconda, también existen los que la ven enfadada y ensayan sus tesis acerca del instante culminante en que Leonardo ejecuta la obra, cuando la dama se encontraba en pleno arranque de furia; después de todo, con 38 años a cuestas no pocos para la época-, no faltará quien piense «¿de qué se podría reír». Hubo un dentista que llegó a suponer que le faltaban los dientes como consecuencia de una paliza, lo que determinaría que la Mona Lisa fuese una de las primeras obras, si no la primera, en denunciar un caso de violencia doméstica; Leonardo bien podría haberla titulado «Algo habrá hecho». Tal parece ser, que todos veremos en esa imagen, lo que queremos ver, como resultado de nuestro estado de ánimo, de nuestro nivel de percepción coyuntural o de nuestras contradicciones internas. Siempre y cuando, esas supuestas cartas o conversaciones, fuesen auténticas; de lo contrario seguiremos imaginando todas las razones y motivaciones posibles, para que el maestro Da Vinci diera vida a esta obra singular. Más allá de interpretaciones, con o sin «confesiones» del autor, con relación a su supuesto deseo de «burla», la obra en sí puede ser la chanza más grande jamás creada por un artista, que si tuviese hoy la posibilidad de aparecer desde el más allá en algún programa de televisión respondiendo preguntas acerca de la famosa pintura, tal vez diría «no quise decir ni expresar nada, sólo pintar, y la dejé inconclusa porque no me gustó». Sin duda, en la historia de La Gioconda existen por lo menos tres momentos. El de la concepción de la obra por parte de Leonardo, el momento preciso de la ejecución, estos dos alejados completamente de todas las suposiciones y especulaciones posteriores, y el momento posterior a la desaparición física del creador, es decir, la vida propia del cuadro, que no tiene nada que ver con los momentos anteriores, y sí con los avatares de un mundo cada vez más necesitado de iconos, de simbologías, mitos, e irrelevancias de cualquier signo o tipo. No faltará quien opine con aires de superioridad que Leonardo pintó para la eternidad, lo que no dejaría de ser una gran ironía, máxime si pensamos en la posibilidad de que dejó la obra sin terminar porque se trataba de su propio retrato, ella era él, «la dama soy yo»… De un genio podemos esperar todo, hasta el engaño. Ya lo escribió John Ruskin, en su obra «Pintores Modernos»: «Lo más grande que hace un alma humana en este mundo es ver algo… Ver con claridad es poesía, profecía y religión, todo en uno». Tal vez allí se encuentre la magia cautivante de Leonardo; hace 500 años que a través de los ojos de Mona Lisa nos está mirando a todos socarronamente. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad