Duelo en Cerrillos y pesar en todo un país
«Señor, cuando todos crean en ti nuestra misión en Los Cerrillos habrá terminado», se lee en un muro al costado de la parroquia San Miguel Arcángel, ubicada frente a la plaza principal de la ciudad canaria. Recostada sobre la otrora estratégica ruta 36, desde antaño muy ancha y en buen estado, para facilitar la rápida llegada a la capital desde el Campo Militar, es un nudo de caminos y rutas secundarias que permiten llegar a Paso del Bote, Parador Tajes, Aguas Corrientes, Santa Lucía, Canelones y el propio Campo Militar. En la noche del miércoles comenzaron a llegar al pueblo las primeras noticias de la tragedia, fragmentadas, parciales, y el frío de la noche otoñal se hizo más intenso y comenzó a envolver a los pacíficos y solidarios habitantes. A primeras horas de la mañana de ayer, ya la congoja había invadido la ciudad y quienes hasta entonces no sabían acabaron por enterarse. Lourdes Diri, señora jubilada que cuida niños y vive sobre la cuadra que pasa por detrás de la Iglesia, salió a caminar temprano y un vecino le contó lo que había ocurrido, «me dijo que él y su esposa pasaron toda la noche despiertos, tomándole la presión a mucha gente, y empezó a relatarme que murió Nicasio,, doña Juanita y los demás y no podía creer». Lourdes llegó a la Iglesia cerca del mediodía, a saludar a los familiares de las víctimas, y recordaba que a su vecina, doña Juanita, antes del día de la excursión «se la veía tan contenta; decía que le iba a pedir a la Virgen por todos». El cielo de Los Cerrillos estuvo gris durante toda la jornada y después de la una de la tarde comenzó a llover torrencialmente. La plaza del pueblo permanecía en silencio y los comercios no abrieron sus puertas, luciendo letreros en los que se leía «cerrado por duelo». El ómnibus de la Empresa Ciudad de los Cerrillos partió a las siete de la mañana del 19 de abril, con destino al Cerro del Verdún. Edelma Gonzálvez, maestra jubilada, fue invitada a tomar parte de la excursión pero al final desistió; «el año pasado sí fui», dice. Dominada por la congoja, Edelma también se acercó a la Iglesia. En la nave de la Iglesia, frente al altar principal, se colocaron tres féretros; en la misma cuadra se velaba a otras cuatro víctimas.
«Vi que venía derecho a mí»
Los Cerrillos es una localidad con un perfil muy particular. Allí se llevó a cabo el hasta ahora famoso robo de la sucursal del Banco República, en el momento en que se festejaban los 100 años de fundación del pueblo; mientras el entonces presidente Sanguinetti realizaba su oratoria en la plaza, el botín se iba por un túnel cavado con paciencia por el audaz ladrón. En Los Cerrillos salió un 5 de Oro acumulado y en dos oportunidades el «Gordo de Fin de Año» se repartió entre sus laboriosos vecinos. El pasado fin de semana se llevó a cabo una muy concurrida fiesta criolla, y en sus bares y lugares de encuentro los cerrillenses se mostraban alegres y conversadores. Ayer en cambio todo era silencio. Wilson González, nacido y criado en Los Cerrillos, es funcionario de OSE, y vive en Aguas Corrientes. Viajaba en el ómnibus accidentado. «Siempre fuimos a Verdún por un problema de familia que teníamos con un botija, y mi primo Nicasio Martínez, que falleció, era el que hacía las excursiones. De Aguas Corrientes íbamos seis, pero ya hacía años que salíamos juntos, además habíamos pasado un día espectacular. Habíamos salido a las seis y media del parador Salus. El chofer venía despacito, manejaba muy bien, no corrió ni cuando fue para allá ni cuando volvió». González iba junto a su esposa en la parte de atrás del ómnibus, del lado del impacto. «Tuvimos suerte -dice González-, siempre llevábamos al botija mío por la promesa con él y este año fuimos como agradecimiento. Supe lo que pasaba cuando sentí el golpe y vi que se venía, como cuando ponés los naipes y empiezan a caer. Vi que venía derecho a mí y me prendí del asiento, sentí el taponazo y se arrancó el asiento, que me golpeó en la cabeza. Me desesperé para abrir la ventana y sacar gente, y allí apareció un muchacho que no sé de dónde salió, y me ayudó a romper el vidrio. Yo estaba bañado en sangre. Mi señora también se cortó las dos cejas, pero está bien. Mi miedo era que el ómnibus se volteara, yo gritaba desesperado que lo abrieran porque si se volea no quedaba nadie vivo. Yo tomé conciencia después -dice-, si me decís cómo me tiré por la ventanilla y cómo sacamos la gente, no sé, yo vi cosas terribles en el Pereira Rosell, pero había que ver esto, fue como una película del cine catástrofe». Wilson iba a permanecer en la Iglesia hasta la tarde y después se iría a su casa en Aguas Corrientes. «Esto para un pueblito como Los Cerrillos es bravísimo -cuenta González-, fijate que es un lugar que se hizo conocer como quien dice con Wilmar Cabrera, que vivía acá en la esquina».
«Lo difícil es el día después»
En Los Cerrillos todos conocen la pequeña empresa de ómnibus de los García, y a Nicasio Martínez, quien hacía 34 años que organizaba excursiones y ya estaba pensando en la próxima, con destino a San Cono. Hoy seguramente nadie piensa en viajar a Florida. La lluvia arrecia. Los alumnos del liceo acompañan a amigos y familiares de las víctimas mientras una procesión de palomas desafía el agua en la cumbre del templo parroquial. Susana Villar, madre superiora del Colegio Santa Isabel, es cerrillense pero hace apenas un mes y medio que retornó al pueblo. «Yo quiero mucho a Cerrillos porque es mi pueblo, y es gente muy buena -dice la religiosa-; me enteré muy temprano, ya que a las seis de la mañana comenzaron a llamar a nuestra comunidad para preguntar si nosotros estábamos en esta peregrinación. Dijimos que no, pero empezamos a averiguar qué pasaba; enfrente al colegio nuestro vive el señor de la funeraria, le pregunté y comenzó a decirme los nombres. A partir de ese momento, cada 15 minutos sonaba el teléfono y nos íbamos enterando de cosas nuevas, esperamos que entraran los chicos y nos comunicamos con la escuela pública. La directora se había enterado la noche anterior y con ella concertamos para que se comunicara con la inspección de Canelones para ver qué hacíamos. Ahí supimos que el colegio podía permanecer abierto pero no habría clases ya que se decretaba duelo, llamamos también a la Junta Local en donde nos dijeron que se había decretado los días de duelo. Hoy concurrieron al colegio el 50 por ciento de los niños, les explicamos y les dijimos que volvieran a sus casas». En el silencio sobrecogedor de la parroquia San Miguel, la vocecita tenue de la madre Susana, intenta explicar lo inexplicable: «Un alumno nuestro de primer año, de primaria, perdió a su hermana de 17 años, que la están velando acá, y a su abuela. Otro chico perdió también a su abuela. Esto realmente es una tragedia, es la palabra que todo el mundo está empleando; la imprudencia quizás haya sido la causante de esto pero uno no puede juzgar la actuación de nadie. Aquí, lo difícil va a ser el día después. Mañana no creo que haya clases tampoco, este duelo no se resuelve en un día, la gente está muy tocada y dañada, y tienen que resolverlo interiormente». La peregrinación a la Virgen del Verdún acabó en catástrofe para la comunidad cerrillense, que no alcanza a entender aún lo ocurrido. Volvían de Verdún, habían emprendido el viaje de retorno a sus pagos, con la satisfacción de haber cumplido sus promesas y ofrendas, hasta que ocurrió lo imprevisto. Allí es cuando se acalla toda palabra, cuando la noche se impone, y ya no se puede volver a la cabecera del pue
nte sobre el arroyo Descarnado, y frenar allí no sólo los pesados vehículos sino el destino cruel. *
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