Los uruguayos y los accidentes automovilísticos

Abril negro

El sábado 11 de marzo, después que Tabaré Vázquez anunciara en Santiago de Chile un inminente acuerdo con su homólogo argentino que pondría fin al diferendo por las plantas de celulosa (acuerdo que se frustró a los pocos días), un uruguayo que esperaba el ómnibus junto a su esposa e hijo para volver a casa luego de un espectáculo deportivo fue agredido con una especial ferocidad por una patota que lo asesinó a puñaladas.

Días después, una de las «pruebas» de un programa televisivo filantrópico terminó en tragedia cuando ocho personas murieron y 22 resultaron heridas embestidas por una locomotora.

Más tarde, una bailanta popular fue el escenario de un altercado del que resultó un individuo muerto.

Así llegamos a abril, uno de los abriles más negros de nuestra historia. La semana de Turismo se inició con la tragedia desatada por un demente al volante de su BMW; resultado: tres muertos. Una excursión náutica por las aguas del Mar Dulce se transformó en otro suceso luctuoso al hundirse la embarcación y morir ahogados cinco individuos; otros tres más murieron ahogados en diferentes cursos de agua durante el feriado de Turismo. Pasando del líquido elemento al asfalto, las pascuas dejaron un saldo impresionante de diez muertos en accidentes carreteros, sin contar las doce víctimas fatales de accidentes automovilísticos ocurridos en Montevideo.

Y por fin, como si la huesuda insaciable no hubiera tenido suficiente con toda esta orgía de horrores, la clásica peregrinación a la Virgen del Verdún terminó –para un grupo de vecinos de Cerrillos– en una carnicería: el choque frontal entre el autobús que llevaba de regreso a los fieles y un camión, dejó el saldo escalofriante de diez muertos y casi treinta heridos.

«A no mezclar patos con gallaretas ni bagres con tarariras», me aconseja mi amigo Mendieta. «Usted está mezclando accidentes con asesinatos, fatalidad con crimen». Es cierto. Pero no es menos cierto que resulta alarmante el número de uruguayos muertos de muerte no natural en un lapso tan breve: más de cuarenta uruguayos víctimas de una muerte absurda, como diría Albert Camus.

Y de alguna manera, me parece que no se debe hablar de «fatalidad», del «azar» o del «destino», cuando todas esas muertes son debidas a accidentes, es cierto, pero a accidentes de los cuales alguien es responsable. No ocurrieron por un cataclismo o un fenómeno meteorológico imprevisible e impredecible sino por fallas humanas, impericia, imprudencia o negligencia. No trato de señalar culpables (que los hay, incluso algunos procesados por la Justicia), pero creo que esta seguidilla dramática merece que todos nos detengamos a reflexionar sobre el punto.

Dejemos a un lado el crimen bestial del hincha de Cerro, la riña en la bailanta y el episodio de Trinidad, Flores, en que un delincuente enajenado ultimó a un policía y se autoeliminó; de este asunto de la violencia y la agresividad ya me he ocupado lo suficiente, y vayamos a las muertes accidentales.

No sé si los uruguayos (todos, la mayoría o algunos) padecemos algún trastorno psíquico incorporado ya a nuestra idiosincrasia, una cierta imbecilidad que nos hace creernos superhéroes inmunes, inexpugnables e inmortales, pero lo cierto es que exhibimos comportamientos rayanos en la demencia.

Desde que tengo memoria, se habla cada tanto, como en un juego cíclico, de lo mal que se maneja (se conduce un vehículo), de lo imprudente que es el uruguayo en el tránsito, del número alarmante de accidentes de tránsito con su secuela de muertos y heridos. Sí, ya sé que el problema no es exclusivo de nuestro país y que afecta a casi todo el mundo, pero parecería que aquí los conductores ponen especial cuidado en transgredir las normas de tránsito. El que las cumple, el que respeta las reglas, es un gil (igual que el que no afana); si detiene completamente la marcha ante un cartel rojo de «pare», lo más probable es que las bocinas de los automóviles que tiene detrás lo ensordezcan y que se ligue de paso una puteada; si no arranca cuando se enciende la luz amarilla para los vehículos que están atravesando la vía perpendicular a la suya, la impaciencia de los otros conductores se manifestará con bocinazos impertinentes acompañados de expresiones tales como «dale, cagón, ¿qué esperás?».

Los respetuosos son los giles. Los vivos son los que doblan a la izquierda donde está prohibido hacerlo, los que rebasan teniendo la doble raya amarilla continua, los que rebasan por la derecha; los peatones que atraviesan la calle por cualquier lado o lo hacen sin apuro como desafiando –casi provocativamente– a los automovilistas obligados a detenerse.

No quiero caer en el lugar común de echar las culpas de todos nuestros males a Maracaná, pero sospecho que a partir de entonces dejamos de ser el enano llorón con complejo de inferioridad para pasar, sin solución de continuidad, a un agrande absurdo que nos lleva a esa pose de petiso compadrito, vivillo y ventajero.

Pero no se concluya de todo esto que la gente que anda y arde en la calle (conductores y peatones) es la única responsable de los accidentes. También las autoridades tienen su cuota de culpa en todo este asunto tan jodido. En primer lugar, ha habido una notoria omisión en cuanto a la educación de automovilistas y peatones y en cuanto a las exigencias para otorgar la licencia de conducir. Y luego, una política de obras viales caótica y sin criterio: carreteras de doble vía que abruptamente pasan a ser de una sola; rutas sin señalización; puentes angostos que aparecen repentinamente en una carretera de dimensiones normales; cruces mal resueltos y empalmes mal diseñados.

Pero nadie parece preocuparse por ello. Lo que se les ocurre ante una ola de accidentes es anatemizar el alcohol y creen resolverlo todo con espirometrías implacables. Ignoran –o no les importa– que solamente en un 17% de los accidentes se ha comprobado que el conductor estaba en pedo.

Como dice mi amigo Fernando Savater: proscriben el alcohol porque está presente en un 17% de los accidentes; ¿por qué no proscriben los automóviles, que están presentes en el 100%? *

 

(*) Periodista

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje