Transformar a Uruguay en un país productivo implica aceitar sus estructuras

El juego geopolítico

Escrito por: PABLO BEHRENS (*)

Miércoles 19 de abril de 2006 | 7:47
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El pasado domingo, la República de Irlanda celebró por primera vez en 37 años su histórico “Alzamiento de Pascuas” de 1916, en contra de la Corona Británica.

Esa sublevación fue organizada por unos 1.000 individuos armados, en contra de la ocupación inglesa de más de 18.000 efectivos. La subversión transcurrió durante los últimos 7 días de abril. El día 30, los insurgentes fueron acorralados en las oficinas principales del servicio postal de la capital Dublín. Una vez reducidos, los líderes revolucionarios fueron sumariamente ejecutados por las tropas británicas a principios de mayo. Ese día comenzó la identidad de Irlanda como país independiente, que formalmente se decretó en 1922.

Contra todos los pronósticos, el actual primer ministro irlandés, Bertie Ahern, decidió reinstaurar las celebraciones del levantamiento. Tal vez siente que su país debe empezar a recordar de qué lado están sus intereses.

En 1973 la República de Irlanda se asociaba al Mercado Común Europeo y veinte años más tarde, el país empezaba a salir de su frustrante atolladero económico. Aquel mismo año, Uruguay dio un golpe de Estado que sumió al país en dos décadas de ostracismo. Fueron dos soluciones para el mismo problema del desarrollo. Los resultados de ambas alternativas están hoy a la vista del mundo.

Durante los últimos cincuenta años el juego geopolítico de Uruguay fue muy sencillo: nos alineamos con Estados Unidos para todo lo que sea política mundial. Regionalmente, nos llevamos bien con los presidentes, dictadores o militares brasileros y argentinos de turno. Santo remedio. Sobre el resto del mundo, anda que te cure Lola.

¡Qué solución más sencilla y genial! Si solo hubiese funcionado. El infantilismo político que nos llevó a esta solución sigue presente hoy y fuertemente arraigado en la conciencia nacional. La idea de que algún Papá Noel va a llegar siempre justo a tiempo cada 25 de diciembre es permeable a todas las oficinas estatales y privadas del país.

Tal vez esa postura fue la correcta hasta los 10 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero fue la misma que nos regaló el espejismo de que en el mundo había solo dos Papá Noeles: uno americano o el otro soviético. No nos dimos cuenta de que, en realidad, Papá Noel no existe y que nuestros padres murieron hace tiempo.

Las estructuras estatales uruguayas de los últimos 50 años pensaron que la única forma de relacionarse con Brasil y Argentina era a través de un mate, del fútbol o de las vacaciones de los porteños en Punta del Este. Un ex presidente lo dijo hace poco: “En mis tiempos yo le pegaba una telefoneada al inquilino de turno en la Casa Rosada y listo”.

No había una maquinaria estatal aceitada para ningún contratiempo que no tuviese ese tipo de naturaleza. No había una maquinaria manejada con inteligencia para casos eventuales inusuales.

¿Qué pasa con Estados Unidos si mañana agarramos a Osama bin Laden en el Chuy, entrando con un bagayo de tarjetas de crédito? ¿Qué pasa con Brasil si un contingente de soldados uruguayos borrachos cruzan la frontera y toman por asalto un prostíbulo en Santana do Livramento? ¿Qué pasa con Argentina si se instalan dos papeleras internacionales multibillonarias en aguas nuestras del río Uruguay? Cualquiera de estas tres situaciones nos tomaría por sorpresa.

Pero los problemas que podamos tener con nuestros socios del Mercosur y futuros del TLC se pueden extrapolar al resto del mundo. Uruguay tiene una visión limitada de su posición internacional. O mejor dicho: desde hace muchos años que Uruguay no tiene ni idea de su posición en el mundo.

Para que funcione un país productivo no solo hay que hacerse la pregunta “¿Qué tenemos para vender?”, sino otra todavía más importante: “¿Qué quieren comprar los que tienen plata para gastar?”.

La primera pregunta es ociosa: los empresarios y gente del Estado se la hace entre mate y mate o panza arriba durante Semana Santa. La segunda indica que hay que empezar a accionar los mecanismos necesarios para entender lo que está pasando en el mundo. Como están barajadas las cartas hoy, Uruguay no va a cambiar al mundo. El mundo va a cambiar a Uruguay para bien o para mal. Mejor nos preparamos para bien.

Transformar a Uruguay en un país productivo implica aceitar las estructuras del país. Si es posible rápidamente porque el resto del mundo no va a esperar por nosotros. Según declaraciones y movidas políticas, el Ministerio de Economía y Finanzas entiende buena parte de esta premisa. Pero, ¿qué pasa con el resto del país? Por ejemplo, el Ministerio de Relaciones Exteriores, las asociaciones de empresarios, el Ministerio del Interior, los sindicatos, las Fuerzas Armadas, la Policía, las cámaras de comercio, los partidos políticos?

Uruguay está hoy en una encrucijada histórica con una chance única que nunca debió habérsele dado por segunda vez. Basta mirar las naciones africanas para entenderlo mejor. Pero la tenemos y hay que aprovecharla. Con un “contrato social” no será posible avanzar porque ya fue intentado varias veces: es un sistema desgastado y tramposo. Pero a través de una “comunidad de intereses” realista, tal vez sea posible.

La idea de tener un país productivo es vendernos al mundo y a este respecto ya lo dijo un empresario inglés: “Si no podés gastar más plata que la competencia, entonces no te queda otra alternativa que pensar con más inteligencia que la competencia”. Aquí es donde podemos empezar a ganar. Esperemos. *

 

(*) Corresponsal en Londres

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