Miles de velas y antorchas contra la lluvia en el Vía Crucis del Cerro
Después de una jornada predominantemente gris, cuando ya la tarde había caído y las sombras nocturnas envolvían la Villa del Cerro, comenzó el Vía Crucis que se llevó a cabo por la calle Grecia. Una de las características de esta celebración religiosa consiste en presentar una visión amplia y completa de la salvación, y en general se toma como un compromiso misionero que pone énfasis en el papel del Espíritu Santo. «No existe amor más grande que dar la vida por los amigos», dijo un día Cristo (Jn 15,13), y al recorrer las estaciones del Vía Crucis, quienes participaban de la celebración meditaban y buscaban sus propias respuestas. La comunidad cristiana cumplió así con este importante ritual, que en la oportunidad paseó la fe y la esperanza de cientos de fieles por la falda del Cerro.
Las estaciones de Jesucristo
Con mucha participación de los vecinos del barrio, y gente llegada de otros puntos, lentamente se fue cumpliendo con el ritual de las 15 estaciones. En la primera, Jesús es condenado a muerte, luego de ser detenido y enjuiciado. En la segunda estación, carga la cruz y se dirige al calvario; en la tercera cae por primera vez. En la cuarta estación Jesús encuentra a su madre; en la quinta recibe ayuda, en la sexta le enjugan el rostro. En la séptima, cae por segunda vez, en la octava habla a las mujeres piadosas. En la novena estación cae por tercera vez; en la décima es despojado de sus vestiduras, en la decimoprimera es crucificado. En la decimosegunda estación muere en la cruz, en la decimotercera lo bajan, en la próxima estación es sepultado y en la última Jesucristo resucita victorioso. Para la liturgia cristiana esta celebración que se enmarca dentro de la Semana Santa, reviste suma importancia, y más allá del ritual religioso puntual, la participación de los fieles le dio anoche un toque emotivo muy particular, tan especial que fue un Vía Crucis montevideano y popular. En la esquina de Grecia y Viacaba, una señora mayor que sostenía en su mano un enorme paraguas muy viejo y en la otra una vela cuyo pabilo danzaba con la brisa que soplaba desde el río, expresó que no podía caminar «pero acompañaba desde la vereda, porque quiero estar».
Por momentos, la lluvia pertinaz golpeaba los rostros de quienes iban en la procesión, pero nadie se detenía. Había personas mayores, jóvenes y niños. Una señora trataba de mantener firme su paraguas destartalado, pero más se preocupaba porque no se le apagara la vela. Tanto el cura que sentía el frío de la noche, como quienes portaban la pesada cruz, tampoco reparaban en las inclemencias del tiempo, como si fuese la redención del calvario de aquel que tuvo que recorrer ese vía crucis originalmente. Fue una actividad de recogimiento también para todos los participantes que sin duda le dieron un toque particular al ritual, en la intensidad, en el gesto, y hasta en el deseo compartido por casi todos los fieles, que en el corazón de un barrio proletario de tan definido perfil, habrán levantado la vista hacia el cielo encapotado, cubriendo la llama viva de sus velas y elevando una plegaria en silencio: «Señor, tráenos trabajo y prosperidad». *
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