LOS MONTEVIDEANOS Y LA CRIOLLA DEL PRADO

Una semana para el reencuentro con las tradiciones

En efecto, dará comienzo la 81ª Semana Criolla del Prado, inmejorable oportunidad para el reencuentro de tradiciones muy nuestras y de hondo arraigo, pero que inevitablemente cada vez menos, encuentran ámbitos urbanos. Nuevamente los protagonistas de esta fiesta, jinetes, apadrinadores, payadores, músicos, artistas y en fin, el público en general, tratan de conjugar de la forma que a cada uno le sea posible las dos puntas de una misma historia: campo y ciudad; Capital e Interior. O asfalto-terruño, antigua dicotomía que aún hoy no acertamos a descifrar o evaluar en su real y justa dimensión.

 

El campo en la ciudad

En un alto porcentaje, los asistentes a la Semana Criolla del Prado son oriundos del Interior del país, concurrentes al predio de la Rural por estos días o afincados en la ciudad por otras razones  ese gran «ejército» de exiliados de tierra adentro. Tal acercamiento  en el caso de los que se han alejado de sus pagos hace algún tiempo , está motivado fundamentalmente por la falta de contacto con las clásicas fiestas criollas que se desarrollan a lo largo del año en casi todos los departamentos de la República. No así en Montevideo, que tiene la oportunidad e vivir de cerca ese fenómeno, durante la semana que se inicia el próximo domingo 9, que, para beneplácito de su gente, puede atrapar algo de nuestra tradición campera, de la cultura del terruño, que tantas veces parece escurrirse sin pena ni gloria entre el torrente de los tiempos globalizados que vivimos. Es a todas luces evidente, que las actividades como la yerra, la doma  que es diferente a la jineteada , la pialada, las pencas criollas, los fogones  y en cierta medida hasta las ferias ganaderas , y hasta los «duelos» entre payadores, están bastante alejadas del diario trajinar de los capitalinos… y no sólo en kilómetros.

 

De ida y vuelta

Aún así, la atracción mayor de la Criolla del Prado, es el ruedo, en donde el público  en muchos casos sin alcanzar a comprender en su totalidad el «idioma» de los relatores , sigue de cerca con entusiasmo e interés, el desenlace de cada enfrentamiento jinete-potro, encarnación de la eterna lid: dominio-liberación. No son precisamente los más jóvenes quienes se acercan mayoritariamente al ruedo  aunque en las últimas ediciones se ha notado, saludablemente, una mayor presencia juvenil; éstos prefieren disfrutar de los espectáculos artísticos, cantantes, teatro, grupos musicales u otras expresiones, y pasear por los diferentes stands y ferias artesanales, aunque insistimos con las señales de las últimas criollas, en especial la del año pasado, en la cual se pudo ver una gran presencia de jóvenes en las tribunas del ruedo. El canto repentista de los payadores, que es seguido con detenimiento y placer, acapara asimismo, los favores del público asistente, el que aguarda con ansiedad y expectativa el remate de las décimas o cuartetas.

La Criolla del Prado es sin lugar a dudas, la fiesta mayor de la tradición; algo del Interior en la Capital, nuestra esencia, nuestras raíces en el corazón de la ciudad, pero también es la fiesta que Montevideo, en estas fechas más que nunca «ciudad abierta», brinda al Interior, revitalizando las coordenadas de un antiguo romance inconcluso, desterrando la falsa contradicción «afuera-adentro». Por otra parte, la savia nueva de cantores, jinetes y del público mismo, que renovándose también, concurre masivamente al histórico predio del Prado, contribuye a que esta genuina fiesta de nuestra cultura se transforme en el polo de atracción para aquellos montevideanos que no se van de vacaciones, o sus vacaciones son la Criolla, recreándose con las cosas típicas del gauchaje. Es indudable que muchos capitalinos se acercan a la Semana Criolla sólo para curiosear, sin importarles demasiado el desconocimiento de las reglas de las jineteadas en sus distintas modalidades, o la difícil terminología empleada por los relatores, aunque gozan escuchándoles y festejan sus ocurrencias. De pronto no saben lo qué es un «charque», o no distinguen la diferencia entre basto abierto y el basto argentino, pero disfrutan observando, y muchas veces aprenden. Y como «hay de todo en la viña del Señor», o en la Criolla del Prado, una señora orgullosa que es asidua concurrente a las diarias faenas del ruedo, comentaba: «Es en la única época del año que le muestro a mis hijos lo qué es un animal salvaje, y cómo se lo domestica de a poco…» No es la opinión predominante de todos modos, y la tónica general es de respeto y consideración hacia los nobles baguales y de aprobación y reconocimiento a los aguerridos paisanos… quienes parecen decir a cada momento: «Â¡Ah! Pero no he de aflojar / un palmo en esta carrera; / soy varón p’ande quiera / que el ventarrón me arrempuje, / lo que de la cuna truje / serán mi orgullo y bandera.» *

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