Aquel viejo chiste
Yo pienso que un ministro de Trabajo y sus asesores, luego de un ajetreo como el que los ha conmovido durante semanas por este asunto de las ocupaciones, deberían haber recurrido a los más relevantes catedráticos antes de jugársela por un proyecto de decreto que hoy tiene en vilo a medio país (o más).
Si lo hicieron, no les dieron bola. Y su novedosa creación -de algún modo hay que llamarla- ha merecido objeciones desde Cassinelli Muñoz hasta los servicios jurídicos de la mismísima Presidencia de la República (y dejo afuera a Juan Castillo).
He atendido especialmente a la opinión de Cassinelli Muñoz y me parece una síntesis de sentido común: el derecho de huelga no se puede reglamentar por ley o decreto y el asunto de las ocupaciones sólo se resolverá civilizadamente por medio de un convenio colectivo entre trabajadores y empresarios. Sin embargo, a lo que menos parecen haber contribuido el ministro de Trabajo y sus asesores es, precisamente, a crear y dar garantías a un ámbito donde ese convenio pudiera cristalizar.
Todavía hay tiempo, pero no mucho.
Y mientras uno aguarda, como desorientado observador ciudadano, Bonomi, con tanta confusión a su alrededor, me ha hecho recordar (y lo traigo a colación con solemne respeto) un viejo chiste.
Pueblo del interior; distracción, un zoológico. En él luce su protagonismo un viejo gorila. Una fecha patria, con casi todos allí, a unos pibes les da por tirar piedritas al gorila. Este enfurece y comienza a torcer las rejas. Delante de la jaula, para acentuar el placer de la contemplación, hay un paralítico en silla de ruedas. El gorila rompe finalmente las rejas y sale. Todos huyen. El paralítico, metiendo mano como loco, da vuelta la silla y busca rajar. De pronto, alguien que en el escape ha subido a un árbol mira la escena, ve al gorila a pocos pasos de ese pobre hombre y grita: -¡El paralítico, el paralítico!
Y el paralítico, sudando como un beduino, le grita entre dientes: -¡Hijo de puta, dejá que elija el gorila! *
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