El tambo del Pepe
Tal como se preveía, y al menos por ahora, el intento de promover una segunda etapa del «asado del Pepe» no ha caminado. La experiencia anterior frustró unas cuantas expectativas y por estos días el ir y venir de los precios ha convertido al pollo -el viejo y querido pollo de campo, todavía alejado de enfermedades inquietantes- en un competidor exitoso.
No es sólo eso. Las campañas excesivamente mediáticas, más allá de la nobleza de sus objetivos, suelen empantanarse una vez que la realidad, terca y sólida como cemento, se impone a ciertas idealizaciones en que la gente incurre empujada por la capacidad de convencimiento ajena.
Pero no se trata de criticar esa capacidad. Al contrario, quizás haya que buscarle un conducto por donde discurra sin los riesgos que, por ejemplo, le impone un sistema tan perverso como el establecido para la venta de carnes rojas.
A ver, ¿qué pasaría si Mujica promoviese «el tambo del Pepe?».
Las sucesivas crisis han hecho que los centros urbanos estén acorralados por los asentamientos, grandes multiplicadores de pobreza, mientras la campaña se despuebla sin cesar. Y no hay nada más repoblador, más capaz de afincar a la familia en la tierra que el tambo.
Llenemos la campaña de tambos, Pepe. ¿No dicen que la producción lechera tiene para el Uruguay un despejado horizonte de desarrollo?
Claro, habría que ir en contra de la corriente contemporánea de la concentración. No más tambos enormes. Tambos chicos, familiares; con la mejor técnica posible, pero chicos. Y, tal vez regionalmente, organizados en cooperativas para adquirir más capacidad y fuerza. Otra Conaprole, no; la que hay alcanza y está para otra cosa. Yo digo cooperativas al estilo de aquellas artesanales que tuvimos hace cuarenta años o de las que, en su área, ha agrupado Fucvam.
¿Vamos, Pepe? Vale más la pena, aunque sea difícil, que perder el tiempo con el asado o con Figueredo.
Además, usted anda medio callado y la gente está empezando a extrañar propuestas. Progresistas, digo. *
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