Luces y arroyos
Los deseos expresados por la Intendencia de Montevideo, desde los tiempos de Mariano Arana hasta hoy, de convertir a la Ciudad Vieja en la frutilla de la torta para los turistas que bajan de los cruceros ha sido jaqueada, sin piedad, por el mal de moda: esa delincuencia dañina, baratita pero muy peligrosa, que roba cualquier cosa. Ahora, en su penúltima recorrida, se ha llevado todas las luminarias terrestres que habían sido colocadas en parte de la peatonal Sarandí. Mañana podría llevarse una palmerita, un farol de época o a un sereno distraído.
Es por lo menos una penosa inadvertencia de parte de las autoridades municipales que no hayan adoptado mínimas medidas de prevención. Si bien la seguridad total es una utopía, admitir que no hay otra solución que tapar con cemento los agujeros que dejaron los ladronzuelos parece, lector, casi una cesión de soberanía.
Las vidrieras, luminarias y adornos de la peatonal del barrio histórico pueden preservarse con la vigilancia de un equipo de guardias municipales, si es que la policía, como frente a tantas otras circunstancias, aduce que «no da abasto». Incluso, estoy persuadido de que los comerciantes de la zona colaborarían gustosos en esto, y quizás de más de una manera.
Si pretendemos una ciudad que atienda bien al turista pudiente, no hay más remedio que no rendirse. De otra forma, por omisión o resignación, dejando que nos afanen todo, no quedará que mostrarle.
Además, podría pasar como aquella vez que a alguien se le ocurrió proponer a Villa Colón –y en particular sus históricas residencias a lo largo de la arbolada y colonial avenida Lezica– para algún circuito turístico calificado.
La idea fue rápidamente abandonada porque a los interesados en visitar, por ejemplo, la casa de Idiarte Borda, había que proporcionarles máscaras antigases debido a los efluvios provenientes del Pantanoso. *
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