La columna amarilla

Bicornios

Hace unos días, el doctor Gervasio Guillot -ex presidente de la Suprema Corte de Justicia y ex dirigente de Nacional- dijo que la violencia que ha ido desnaturalizando el espectáculo futbolístico se arregla «con garrote».

Fue una metáfora y no tanto, porque sin rigor y medidas ejemplarizantes esto será una cinta sin fin.

Y viene a cuento, porque la sensación que deja la apresurada reanudación de la actividad, que tantos celebran, es que se han hecho unas cuantas gárgaras de ingenuidad y otras tantas de hipocresía pero se ha quedado lejos, muy lejos del enema de café negro que hace falta. Se ha perdido una gran oportunidad de ir a fondo.

Hay algo curioso con el fútbol -y me refiero al profesional, no al universitario, ni al del interior, ni al de los barrios-, donde se mezclan tantos y tan complejos intereses, que hasta el Estado retrocede cuando, sin embargo, el riesgo social es de tal envergadura que nadie en su sano juicio discutiría una intervención.

El nuevo régimen de seguridad es, por decir lo más piadoso y parafraseando a Wimpi, pluscuamperfecto (por lo inacabado).

Y es un inadvertido o un irresponsable aquel que crea que para volver al fútbol en familia basta con negar entradas a las hordas (que se ingeniarán para obtenerlas de otro modo), agrandar zonas de exclusión (la violencia correrá unas cuadras su escenario), intentar la detección de armas, drogas o alcohol entre las ropas de quienes llegan en patota (todo entró antes que las bestias encamisetadas) y filmar con mayor precisión a los belicosos.

Hubo apuro. Ojalá el resultado no sea otra tragedia. Los representantes del Estado debieron tener la previsión y minuciosidad que adornaban al pintor Xul Solar, que inventó una religión para cada día del año. Y fueron trescientas sesenta y seis, porque se acordó de los años bisiestos.

Los otros, la llamada «gente de fútbol», esos a quienes no hay sayo que les caiga, merecen que se les espete en la cara ¡bicornios! (Que, según Cuque Sclavo, quiere decir reincidentes). *

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